25 nov. 2013

Poemas de Carl Sandburg*

Dunas

Qué vemos aquí, en las dunas arenosas de la luna blanca,
             a solas con nuestros pensamientos, Bill,
a solas con nuestros sueños, Bill, suaves como las mujeres
             que se atan una pañoleta a la cabeza al bailar,
a solas con una imagen y una imagen tras otra, imágenes
             de todos los muertos,
más muertos que todos esos granos de arena apilados
             uno a uno aquí, en la luna,
apilados contra la línea del cielo que adquiere formas tal
             como quiera la mano del viento,
qué vemos aquí, Bill, fuera de aquello en que se rompen
             la cabeza los más sabios,
fuera de lo que claman los poetas, fuera de lo que buscan
             con denuedo los soldados, hasta dejarse por ello
             el cráneo al sol... ¿Qué será, Bill?




Listo para matar

Diez minutos llevo mirándolo.
Por aquí he pasado antes muchas veces y me ha extrañado.
He aquí un monumento en bronce, recuerdo de un famoso
            general
a caballo, con la bandera y la espada y revólver en mano.
Cuánto me gustaría hacer añicos todo ese catafalco,
            reducirlo a un montón de escombros, que se lo
            lleven a la chatarrería.
Te lo diré con toda claridad:
luego de que el granjero, el minero, el tendero, el obrero,
            el bombero y el camionero
hayan sido recordados en sus monumentos de bronce,
dándoles la forma del trabajo de conseguirnos a todos,
algo que comer, algo que vestir,
cuando apilen unas cuantas siluetas
                     recortadas contra el cielo
                     aquí en el parque,
y rememoren a los auténticos forzudos que hacen el trabajo
              del mundo, que dan de comer a la gente en vez de
              aniquilarla,
entonces, a lo mejor sí que me plantaré aquí
a contemplar con tranquilidad a este general del ejército
              que enarbola su bandera al viento
y cabalga como un demonio en su montura,
listo para matar a todo el que se le ponga por delante,
listo para que corra la sangre roja por la hierba nueva y
              tierna de la prade
ra, y que la empapen las entrañas
              de los hombres.



Personalidad

(Cavilaciones de un policía adscrito al Despacho
de Identificación)

Has amado a cuarenta mujeres, pero sólo tienes un
     pulgar.
Has llevado cien vidas secretas, pero sólo dejas una huella
     dactilar.
Vas por el mundo y combates en un millar de guerras y
     obtienes todos los honores del mundo, pero
     cuando regresas a tu hogar la huella de uno de los
     pulgares que te dio tu madre es la misma huella
     del pulgar que tenías en el asilo, donde tu madre
     te besó para despedirse.
Del útero revuelto del tiempo provienen millones de
     hombres, cuyos pies atestan la tierra, y se rajan el
     cuello unos a otros por un lugar donde seguir en
     pie, y entre todos ellos no hay dos huellas de
     pulgar que sean iguales.
En alguna parte debe haber un Gran Dios de los Pulgares,
     capaz de contar por dentro la historia de todo esto.




*EE. UU. 1878-1967, publicó en 1915  los"Poemas de Chicago", de los cuales se extraen los que aparecen aquí. Obtuvo el Premio Pulitzer en 1940 y la Medalla de Oro de la Academia de Arte y Letras de Estados Unidos. Aquí un comentario sobre  Carl Sandburg por Borges.-



                                                                                      In Utero

Anotaciones Críticas II

El prólogo es un género más. Y por lo tanto, un modo de leer más.
En la mayoría de ellos, salvo felices excepciones, el prologuista, hace alarde de un lenguaje que pretende ser “más lenguaje” que el que fluirá en las páginas siguientes. Así, es posible reconocer ciertos modismos,  más o menos estereotipados, de la lengua en los prólogos. Estas afectaciones tienen varios supuestos sobre los que se asientan: el prólogo debe ser una especie de ritual de descubrimiento; el prólogo debe ensalzar el sentido que descubre y debe disimular tanto el descubrimiento como su apología. De esta manera, el prólogo oscila entre una ficción de la notación vertiginosa y desarticulada de la experiencia individual de la lectura y el barroquismo vacío producto de la exacerbada ornamentación léxica y sintáctica, que pretende ocultar la ausencia de lectura. Ambos contornos se refieren al mismo centro: la lectura, o la narración de su ausencia.
De entre los lugares comunes que suelen tener algunos prólogos, la frase “YA DESDE LOS PRIMEROS POEMAS”, me parece la más esclarecedora. ¿Qué quiere decir el prologuista con  YA desde los primeros poemas etc., etc., etc.? ¿El prologuista se esperaba que RECIEN DESDE LOS SEGUNDOS O TERECEROS POEMAS encuentre el sentido o la unidad del poemario? ¿Cuáles son los PRIMEROS POEMAS, los dos, tres cuatro primeros poemas, o el primero mismo? ¿El prologuista hace alarde  de que aquello que el lector mundano construye luego de leer y releer varias veces el poemario, él, perspicaz lector y escritor de prólogos, lo descubrió YA desde LOS PRIMEROS POEMAS? y por tanto, ¿YA no le hace falta leer mucho más, porque YA descubrió, el sentido, la unidad, el tono, el ritmo, DESDE LOS PRIMEROS POEMAS?  Por esto, esta frase revela algo acerca de la lectura, y no de la escritura: al leerla en un prólogo, se me ocurre que quien la escribe, sólo leyó del conjunto de poemas que intenta comentar LOS PRIMEROS, donde desde YA, está lo que se va a encontrar en el resto, entonces, ¿para qué seguir leyendo?  
El prólogo se transforma en la construcción de una ficción: la de la lectura. Quien escribe, construye un relato en el que narra “su lectura”, que nunca existió más allá de LOS PRIMEROS POEMAS. El personaje principal de esa ficción es, la lectura, que por ausencia se parece a los enigmas en los policiales: la verdadera investigación no es sobre lo que se percibe, sino sobre el modo de la percepción. El modo de percepción en el prólogo es un acto de lenguaje que no tiene referente. De modo que el estatuto del prólogo, a saber, que es una instancia secundaria que registra sistemáticamente un acto primario, individual y solitario de lectura, cargado de repeticiones, marchas contramarchas y borradores,  cruces y rebotes, no es un conjunto de normas (genéricas) que regulan un acto (la lectura) , sino al revés, una legislación  que produce al acto.  El prólogo no representa sino que produce una lectura, produce la lectura misma de la obra que anticipa. Es un antes, pero no de la escritura sino de la lectura.
El prólogo  construye un acto de  lectura, si esta existió o no, es irrelevante. Existe la escritura y una exo-escritura: la primera corresponde a la ficción literaria (novela, poema, cuento etc.), la segunda a la ficción de la lectura. Un prólogo está fuera de la obra, pero construye el estatuto de lectura que la va a legislar. En ese sentido, ni YA DESDE LOS PRIMEROS POEMAS ni luego de un sesudo estudio el prologuista se refiere a la escritura literaria: su referente es su producto, o sea la lectura. Un prólogo habla de cómo se lee, no de cómo se escribe. 

23 nov. 2013

Poemas de Juan Desiderio*

III

—Bitácora de vuelo—




























































—no te hagás el espok
y corré más rápido
que nos matan
esto marciano de la 19
y te van a rodar
las orejas
hasta la zanja.
—La zanja. La recuerdo
tomando sol
a orillas de la zanja
sus pelos con abrojos
excitaban
a lo vendedore
de sandía
y su risa
helaba el barrio
todos la veían
le creían santa
por el barro seco
que frotaba en su pierna
y aparecía como
santa rita envuelta
en una nube
con su cara
color acero y
—seguí corriendo
que nos cagan a palo
—y te acordá del viejo
que creía ser san jorge
y yevaba al matungo
a tomar agua
a la zanja
se sentaba siempre
sobre el caño ése
que estaba roto
y miraba a la gente
y veía dragone corría
a los pibes les quería
sacar lo dragone
de la cabeza
te acordá
—sí, eran piojo
—no, loco
eran dragone en serio
—espok
no digá boludece
y decile a tu piba
que compre faso y gayetita. 



V

La zanjita. A la zanja
según el más viejo del barrio
la creó el diablo
allá por el año en que
el más viejo del barrio
perdió una pierna
en una guerra en la que todos
perdieron una pierna
pero el más viejo
cree que el diablo bajó
con un látigo
pa castigar al hijo del del
garage porque se curtía dó
vino blanco por hora y a la
hija del cartero no
entonce enfurecido
pegó un chutazo
y volaron la piedra
y el barro
—ahora van a venir lo sapo
y la culebra
y todo lo vecino
van a ser bautizado
en esta zanja—
El diablo se fue
y lo sapo
no nos dejaron dormir
nunca más



VII

Aprovechaban que el viernes el
pelahueso dormía en la seccional y se
instalaban en la pared que da a los
monoblock. Los heavys con sus pelos
quemados y ojos de arsénico como tocaban
esos chicos la pared a cada rato
rituaban con eso de romper la puntita lo
divertido de romper la cajita del
tetra mientras apagaban el grabador sólo
la voz del viento sólo el ruido de
tijera que salía de entre los yuyos.
En el cementerio todo es posible los heavys
hasta pueden tener frío un radiador de
colectivo tirado ahí darte el calor todo
un invierno. Al fin la fiesta y arman una
nave y otra nave y fuman otra
nave más le cantan al azar a lo que puede
caer cantan al agua que sale de
los huesos fríos que forma un discreto lago
un hermoso ojo de agua
que descarga
en una zanja.


*Ciudad Autónoma de Buenos Aires, 1962. Bibliotecario, poeta, músico y estudiante de filosofía.  Fue colaborador de la revista/editorial La Trompa de Falopo, en 1990. Actualmente, colabora en la revista digital Atmósfera. Textos extraídos de "La zanjita" (1992). Más sobre el autor acá.




22 nov. 2013

Poemas de Edgar Lee Masters*



Taylor, el diácono

Pertenecí a la Iglesia
Y al partido que aboga por prohibir el alcohol.
En el pueblo suponen
Que morí por comer sandías,
La verdad es muy distinta:
Me mató la cirrosis.
Tarde a tarde, por espacio de unos treinta años,
Me deslicé al interior de la botica de Trainor
Y me serví una dosis generosa
De un frasco que llevaba la etiqueta
Spiritus Fromenti. 



Theodore, el poeta

De niño te pasabas horas y horas
Sentado en la ribera del Spoon turbio.
Los ojos fijos en la entrada de la guarida,
Esperando que el cangrejo de río

Saliera y se arrastrara por la orilla arenosa.
Veías primero sus antenas trémulas,
Briznas de paja al viento.
Luego su cuerpo de color de greda,
Adornado por ojos negro-azabache.
Como en trance te preguntabas:
Qué sabe, qué desea, para qué vive el cangrejo.
Más tarde dirigiste la mirada
Hacia hombres y mujeres
Ocultos del destino en sus guaridas
De las grandes ciudades
Y esperaste que salieran sus almas
Para ver cómo
Y con qué objeto viven
Y para qué se arrastran con tanto afán
Por la orilla arenosa en la que falta el agua
Cuando termina el verano.


Amanda Barker

Henry me embarazó
sabiendo que no podía dar a luz
sin perder la vida.
Así fue que en mi juventud
pasé por los portales de polvo.
Viajero: en el pueblo donde viví se cree
que Henry me amó con amor de esposo,
mas proclamo desde el polvo
que por satisfacer su odio me mató.


Roscoe Purkapile

Ella me amaba. ¡Oh, cómo me amaba!
No logré nunca esquivarla
desde el día en que me vio por vez primera.
Pero después, cuando nos casamos, pensé
que podría demostrar su mortalidad y dejarme libre,
o que podría divorciarse de mí.
Pero pocas mueren, ninguna renuncia.
Entonces me escapé y anduve un año de parranda.
Sin embargo nunca se lamentó. Decía que todo saldría
bien, que yo volvería. Y volví.
Le dije que mientras remaba en un bote
había sido capturado cerca de la calle Van Buren
por piratas del lago Michigan,
y atado con cadenas, así que no pude escribirle.
¡Ella lloró y me besó, y dijo que eso era cruel,
ultrajante, inhumano!
Comprendí entonces que nuestro matrimonio
era un designio divino
y no podría ser disuelto
sino por la muerte.
Tuve razón.

Mrs. Purkapile

Huyó y se fue por un año.
Cuando volvió me contó la historia tonta
de su rapto por piratas en Lago Michigan
que lo tuvieron encadenado, de modo que no pudo escribirme.
Fingí creerlo, aunque sabía muy bien
lo que había estado haciendo, y que de tanto en tanto
veía a la modista, Mrs. Williams, cuando ella iba a la ciudad
a comprar mercaderías, según declaraba.
Pero una promesa es una promesa
y el matrimonio es el matrimonio,
y dejando de lado mi propio carácter,
me negué a ser arrastrada al divorcio






* EE. UU. 1868 -1950. Textos extraídos de "Antología de Spoon River" (1915)