16 jun. 2015

Los trenes de la noche y otros poemas*

3
Recuerdo la Estación Central 
en el atardecer de un día de diciembre. 
Me veo apenas con dinero para tomar una cerveza, 
despeinado, sediento, inmóvil, 
mientras parte el tren en donde viaja una muchacha 
que se ha ido diciendo que nunca me querrá, 
que se acostaría con cualquiera, menos conmigo, 
que ni siquiera me escribirá una carta. 
Es en la Estación Central
un sofocante atardecer 
de un día de diciembre.

7
Cuando el pequeño tren se anima a subir la cuesta 
mira temeroso a la luna
que lo contempla con la misma cara airada 
conque el reloj de cocina mira al adolescente 
que por primera vez llega tarde a casa.

17 

Ha terminado el verano. 
Regreso a la ciudad como tantas otras veces 
en el sudoroso tren de la tarde.
Ha terminado el verano,
no sin antes marchitar con sus manos polvorientas a los 
         girasoles, 
no sin antes resecar los cardos que crecen junto 
        a los rieles. 
A la ciudad debía acompañarme el viento del sur. 
El viento que se queda rondando por 1os campos y es el sereno 
que los villorrios escuchan sin esperanza todo el invierno 
como ancianos que en caserones ruinosos pegan sus oídos 
       a relojes sin agujas. 
El viento que barre con cardos y girasoles. 
El viento que siempre tiene la razón y todo lo torna vacío. 
El viento. 
Quizás debiera quedarme en este pueblo 
como en una tediosa sala de espera. 
En este pueblo o en cualquier pueblo 
de esos cuyos nombres ya no se pueden leer en el retorcido 
      letrero indicador. 
Quedarme resignado como una mosca en invierno 
escribiendo largos poemas deshilvanados 
en el reverso de calendarios inservibles 
sin preocuparme de que nadie los lea o no los lea, 
o conversando con amigos aburridores 
sobre política, fútbol o viajes por el espacio 
mientras tictaquean las goteras del bar. 

Todo empieza a quedar en penumbras. 
El viento apaga la luz de los últimos girasoles. 
Todo está en penumbras. 
La campana anuncia la llegada del tren 
y siento el mismo temor del alumno nuevo 
cuando sus compañeros lo rodean 
en el patio de cemento de la escuela. 
Pero debo dejar el pueblo 
como quien lanza una colilla al suelo: 
después de todo ya se sabe bien 
que en cualquiera parte la vida es demasiado cotidiana. 

Hasta luego: rieles, girasoles, 
maderas dormidas en los carros planos, 
caballos apaleados de los carretoneros, 
carretilla mohosa en el patio de la casa del jefe-estación, 
tilos en donde los enamorados han grabado torpemente sus 
        iniciales. 

Hasta luego, 
hasta luego. 
Hasta que nos encontremos sin sorpresa 
viajando por los trenes de la noche 
bajo unos párpados cerrados.










* Jorge Teillier ( (Chile, 1935-1996.
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