25 jun. 2015

Poemas de Alejandro Rubio*

Sólo hay fotos.
Son falsas.


El hombre bajo,
ridículo, caminando
atrás, con un paraguas
lo protege.



Y desde otro punto
de vista: detrás del vidrio,
de las gotas en el vidrio,
el perfil, indio,
de prócer.



Esto no existe.
Es sólo el cadáver.



Como si la mente
proyectara la trama de su mente
en todas las mentes.



Menemmente.
Cafieramente.
Ludermente.
Miguelmente.
Isabelmente.



Emanaciones
de un dios
que se expanden,
se debilitan,
por los espacios infinitos,
finitos...



Y nada de Evita.
Evita es el mito
montonero-progresista-
académico, nada de charla
sobre Evita y Jamandreu,
nada de poemas lujosos
sobre el cadáver de la reina puta.
Evita es el cadáver y punto.



Sólo la mente vence al tiempo,
organizada, ramificada
en pelos y dendritas, en nudos
de los que brotan otros nudos,
para invadir



incluso el verano del 96,
cuando creías que el pueblo
merecía morir, incinerarse
en su propia gomosa estupidez.
[...]


Una experiencia moral

Dejemos de lado los dos años
de interregno cívico. Entre el peronismo y el peronismo
contemplé sonriente cómo la fiebre ética
medio se comía, medio se mezclaba a la rabia
por las vacaciones que ya no se podían solventar.
En Sociología aprendí a amar
la revolución entre carteles
y chicos de las mejores familias.
Soñé un tiempo con ser el Che Guevara,
sueño del que me sacó Lucrecia,
una mujer de diez, que me dió dos hijos
que son la luz de mis ojos.
Comenzaron las preocupaciones. 
Una casa grande, mejores implementos.
Cavallo los proveyó. Y yo vi el mal
concentrado en un rostro, una pelada
bajo los focos del set. Voté por Chacho en las constituyentes
porque era necesario refundar la república
al margen del conturbenio bipartidista.
Y me encontré temblando por la eventualidad
de que el dólar se disparara.
Yo que veía en un espejo oscuro
me vi en una agua transparente:
con mis ideas, mi buena conciencia, 
mis lecturas, mis sensibilidad social, 
era un pequeño burgués.
Y cada ente quiere persistir en su ser.
De refilón, irónicamente,
el ministro y su presidente me proporcionaron
la más invalorable experiencia moral.
No obstante no los voté en el 95,
¿quién los votó?

Televisión

Y así en nuestra casa de lata
entró la modernidad de Kyoto.
Era reluciente y petrificante y nos daba
un aura de fosfeno suficiente
para que leyéramos en la noche las aventuras
de Carlitos Junior. Un artista de estos barrios
lo inmortalizó en verso y dio a la miseria
consuetudinaria un barniz de glamuor.
Nuestro pecado, para ellos, era querer vivir
como ellos, que no querían vivir como nosotros
pero sí gozar de un perfume moral que sus teorías
nos atribuían. Para despreciarlos no había más
que prender el televisor y disfrutar los sorteos,
las fiestas, las palmeras, los descapotables, los gatos,
los restaurants llenos, la música bailable, 
los bailes, los bailarines, los grandes pechos,
los pechos enormes, los pechos
como globos aerostáticos y así
hasta que las velas no ardan y dale que va
que el radical resentido nunca nos va a ver
inundado o juntando cartón. 












*extraídos de "Novela elegíaca en cuatro tomos: tomo uno", La enfermedad mental, poesía reunida Ed, Gog y Magog, 2012.



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