10 mar. 2016

"El silencio tiene acción..."

"... el más cuerdo es el más delirante" siguen los versos de Charly en "Raros peinados nuevos" ese manifiesto juvenil a la salida de la dictadura, que reclamaba a gritos una nueva voz que se reconocía en la violencia y en la soledad, pero que no se inmovilizaba ante el opresivo entorno. El disco completo de García, estamos hablando de Piano Bar del año ´84, escenifica la tensión entre grito y silencio, y reconoce en los ruidos, las interferencias, los alaridos, y los estruendosos engranajes de la soledad la carga positiva del silencio: la acción, no silenciosa, sino oculta en el silencio. García nombra al silencio como campo de operaciones en el que se desarrolla la lucha por la libertad. De algún modo, el silencio es uno de los estados de la libertad.
Exactamente diez años después es otro náufrago del lenguaje el que adjudica acción al silencio. En el disco Espiritango, tal vez una de las producciones más poéticas que haya dado nuestro rock, Palo Pandolfo sugiere: "Si querés despertar los salvaje que hay en vos/ para que se duerman los sombras del silencio/ tocame".
La canción puede ser leída como una teoría de la sensualidad, haciendo énfasis en la materia, materializando el eros recluido por las convenciones sociales. El cuerpo es un territorio cuyo tacto salva de la muerte y exorciza los mecanismo de la represión, esas sombras que vociferan en el silencio, y adormecen el lenguaje de la sexualidad. El silencio mantiene su caracter de terreno de operaciones, pero ahora, despliega una acción represiva. La culpa es la materia de estas sombras, la representación de las prohibiciones. Si García reclama buscar en el silencio la liberación, Pandolfo ubica allí los mecanismo prohibicionistas. Pero ambos lanzan su poética a la búsqueda del sentido del silencio. 
Entre estos dos hitos se inscribe, cronológica y semánticamente, "El rito", la canción que Soda Stereo edita en 1986 en el álbum Signos. Un amor patológico, a caballo entre lo prohibido y lo permitido, que reflexiona acerca de las estrategias de construcción del vínculo amoroso. En esa dinámica del sujeto cuya búsqueda oscila entre la legalidad y la ilegalidad, la devoción y la indiferencia, el silencio aparece como una especie de trinchera. Un lugar de enunciación desde el cual descifrar las condiciones de la conquista: el enigma del rito del amor. Silencio, sí, pero silencio táctico para desenmarañar la serie de síntomas que se adjudican a la obsesión  y avanzar en una nueva serie de acciones aceptables. 
Los sentidos de cada una de estas canciones se cruzan para negar la metáfora que iguala el silencio al vacío. La consecuencia no es tanto visibilizar al silencio como espacio habitable, como lugar de enunciación, sino denunciar la falsedad de esa metáfora, lo tendencioso de esa metáfora.  
La actualidad, los debates de la actualidad y sus cristalizaciones discursivas nos permite retomar esa disputa simbólica por el sentido del silencio. 
Desde que Macri es presidente, cualquier intercambio de ideas sobre las decisiones concretas del nuevo mandatario debaten en realidad sobre el silencio. Pareciera ser que, lejos de una disputa acerca del sentido del fluido discursivo, acerca de su verdad o pertinencia, la lucha se orienta a instalar un sentido al silencio. Entonces, el debate político se ha desplazado y  ha dejado lugar a políticas discursivas sobre el silencio, entiéndase: lucha de poder para instalar un sentido al silencio.
Quienes hoy HABLAN de corrupción son rápidamente SILENCIADOS: porque si hasta hace poco permanecían CALLADOS, ahora no tienen autoridad para hablar. El silencio es el lugar de la represión, de la condena. 
Quienes hasta hace poco se rasgaban las vestiduras en nombre de la República y VOCIFERABAN desaforados por un país sin grietas, hoy permanecen en un proverbial SILENCIO ante medidas discriminatorias y estigmatizante. El silencio es el lugar de la indiferencia, de la complicidad.
El silencio es así transformado en un lugar de enunciación en cuyo terreno se produce la lucha por un sentido determinado. El fluído discursivo apunta a imponer un sentido al silencio, más que a la palabra, más que a los enunciados. Se habla no para salir del sino para intervenir en EL SILENCIO.
No es descabellado pensar en el sentido del silencio, desde el momento que el lenguaje se vale de silencios para su significaciones. No es descabellado observar la importancia del silencio en campos  aparentemente distantes.
Poesía y música operan sobre el silencio como un modo concreto y fundamental de constituirse como prácticas culturales. La ejecución de un poema no descarta al silencio como un espacio vacío, sino que lo incorpora: el ritmo de un poema se construye a base de silencios. El silencio es un elemento que garantiza el sentido en un poema. Hay una necesaria relación entre palabra y silencio para producir el ritmo. Gráficamente, los signos de puntuación son un modo de estructurar el silencio, sin embargo, sabemos que en poesía los silencios se pueden lograr de otro modo: combinatoria de acentos, cortes y encabalgamaiento de versos, extensión de los versos. También es notorio que esa combinatoria de palabra y silencio determina la respiración de la voz poética.
En música, sucede algo similar. Si pensamos en el funk, es posible observar allí una preocupación por hacerle lugar a los silencios, el groove (el ritmo) del funk consiste en lanzar una serie de sonidos interrumpida irregularmente por silencios de irregular extensión: la base rítmica de las banda de funk (bajo y baterías) es transparente en este procedimiento. No es casual que Miles Davis, tal vez el que vuelve significativos los silencios en el jazz, haya orientado su carrera hacia una mixtura entre jazz y funk a partir de escuchar Funkadelic o Slide & the family Stone. Un dato más: Fabián Casas, escribiendo sobre Led Zeppelin, reivindica la tarea de su baterista John Bohan: "Fijate en Bonzo, le dije, para mí su percusión  fue la puntuación de Zepp. Para un escritor, le dije, la puntuación es una decisión ética. Tiene que ver con su respiración y no con lo que manda su gramática". La puntuación, es decir, la distribución de los silencios es una cuestión ética. No hay reglas discursivas que sirvan para explicarlas, ni en poesías, ni en Zeppelin ni en el funk. Tampoco en la cultura o en la política. Los silencios y sus sentidos emanan de una ética. Los silencios, el sentido de los silencios, es autónomo de reglas preestablecidas: se construyen a medida que se construye el discurso, sea este poema o debate, bajo o batería. Y ese sentido, no es aleatorio ni casual es consecuencia de disputas históricas bien concretas y responden a la construcción de una ética, es decir, a la construcción de conductas políticas, estéticas y culturales.
Pienso en Bukowski y pienso en Olga Orozco, como dos experiencias extremas de cortar los versos, como dos experiencias extremas del silencio. Sin embargo, tan cercanos en la, si cabe, electrificación de los versos. En lograr esa alta tensión  que obligan a apretar las mandíbulas para soportar la intensidad de su lectura. Uno con una sucesión rítmica de versos breves, ínfimos que agitan la respiración, que entorpecen la lectura, que enervan el sentido, y otra, con extensos versos de respiración apretada que ubican al silencio en el orden del deseo, uno anhela que finalice el verso, como una necesidad semántica. Es la palabra el material conducente, pero  es el silencio el que carga de tensión esos versos. Como son los silencios en la batería de Zeppelin o en los bajos del funk, los que proveen el sentido al ritmo.
Toda esta vuelta para decir, que no es de despreciar la disputa por el sentido del silencio, que no es menor la lucha por imponer un significado al silencio, porque en definitiva, es el silencio el que marca el ritmo de los discursos, su capacidad de conmover, de convencer, de persuadir. No es una perdida de tiempo intervenir en la lucha por el uso de los silencios. No callar, es asumir un rol en la construcción del silencio.








2 mar. 2016

“El viento viene, el viento se va”, o el punk del altiplano.

Se sabe: Manu Chao tiene una larga trayectoria como músico, fortalecida en estos últimos diez años por su tarea de trovador. Guitarra y voz, más un mensaje sostenido por la crítica social forjaron el camino,  digamos, latinoamericanista, del artista franco –hispano. Aunque si bien es este costado el que más ha calado por estos lares, hay que recordar que su Mano Negra, ya había incursionado en la reivindicación de temas y ritmos tradicionales de la Europa peninsular, y en aquellos no tanto, mixturando rumbas con punkrock.
Su visita a Comodoro fue la oportunidad para que muchos seguidores veamos por primera vez eso que ya sabíamos por relatos de otros: la energía en vivo, el compromiso social, la heterogeneidad de su repertorio, la justeza de sus arreglos instrumentales, la sensibilidad y la fiesta. Lo dicho por tantos, vivido por algunos, ahora nos tocó a nosotros.
Más de 7 mil personas asistieron a ese Predio Ferial que no se llena nunca, aunque dicen que hace un tiempo una banda local logró la epopeya de tocar a sala completa allí. Más de tres horas de recital para algunos, aquellos que pudieron aguantar la intensidad de la seguidilla de canciones sólo interrumpidas por la participación de un grupo de militantes que se expresaron en contra de la megaminería.
Es el reggae y el ska la base sonora de la banda. Una especie de carretera rítmica construida bajo las normas tradicionales de esos dos estilos,  sin baches ni lomos de burro,  con la suficiente consistencia para soportar los berrinches punk que transitan, unos tras otros, sin colisiones. Y es entonces, cuando ese sostén de trova de fogón, con reminiscencias pero sin énfasis en lo folclórico,  es tomado por asalto por los raudos sonidos distorsionados que circulan en esa ruta como encloquecidos conductores.
Mad Max de los sonidos, la banda de Manu Chao no pasea, como una familia de turistas mirando el paisaje, sino que avanza veloz, potente, deseando casi patológicamente el riesgo de las curvas y retomes para empezar una nueva canción sin aún desacelerar de la anterior. En Mad Max, la estrategia es la colisión, la metodología la persecución. En eso se parecen: Manu Chao es un permanente “a punto de colisionar” que lleva las pulsaciones a una velocidad de adrenalina. De hecho, es el ritmo que parece perseguir, el de la intensidad constante: golpes con el micrófono al corazón, no para reproducirlo sino para interpelarlo a acelerarse.
El punk, velocidad y simpleza mediante, es el producto final. Dirán que el punk es otra cosa, más guitarra, menos despliegue escénico, descomprometido. Pero es innegable, en principio, que en la familia de la repetición rítmica  de acordes más o menos rápidos, más o menos espaciados,  conviven el reggae, el ska y el punk.
En el recital de Manu Chao, el punk estaba ahí: en la entrega del cantante, en la violencia de la guitarra, en el intercalado y monótono golpe de platillos y tambores. El resto de los instrumentos, el bajo y los vientos, son el anclaje en aquellos ritmos folclóricos que ofician, precisamente, de base.
“El viento viene,  el viento se va, por la carretera” acaso pueda ser leído como el arte poética de esta banda de forajidos que transitan, como los de Mad Max, en caminos de infinita tristeza, por inacabados, por recorridos y, paradójicamente, por solitarios.
Pocas bandas no catalogadas como punk, realiza el punk como Manu Chao en un sólo track de canciones semejantes a un tren que vemos pasar temerosos y al cual nos trepamos, durante más de tres horas, para circular por el infinito a una velocidad de pulsaciones inéditas para el trajín normal del ser humano.
Habrá una tradición punk en que no figurará jamás Manu Chao, pero habrá otra tradición en que la trova viaja a altas velocidades siempre a punto de chocar llevándose todo puesto y disputándole a la naturaleza el ritmo cardíaco, y ahí sí encontraremos a este músico inaudito, a este punk del altiplano. 



Manu Chao, Predio Ferial Comodoro Rivadavia, Chubut, 29/2/2016.