Llovió toda la noche. Es domingo. Esta mañana, afuera, hay otro brillo en las cosas del mundo, en el mar que se retira lento, en el cielo.
Me gustan las mañanas después de una lluvia: tienen algo de ausencia, de huella, de haber sido.
Pero es otra cosa la que pienso cuando miro a través de la ventana. ¿Por qué me gustan las mañanas después de la lluvia? ¿De qué hablo cuando digo “me gustan las mañanas después de la lluvia"? ¿De mí, de la lluvia, de lo que siento, recuerdo, extraño?
Preparo mates, escucho una zamba. Me gusta, los domingos temprano, escuchar zambas y tomar mates mirando, a través de la ventana, el mar. Y otra vez, ¿qué significa decir “me gusta”?
Hace un tiempo escribí un poema sobre el después de la lluvia, ahora lo recuerdo:
No es más triste la lluvia
Que el momento en que cesa
Y las cosas empiezan a secarse.
Mientras llueve
algo se mueve, vive
hay impacto, reflejos.
Luego
todo se aquieta
y se va
de a poco
se evapora.
Ese irse
Es triste.
Un poco, intentaba correr de lugar el lugar común de la lluvia triste. Si algo triste tiene la lluvia, es cuando cesa. Nada. Una impresión.
El ritual del gusto
Puedo identificar con claridad el momento en que empezó a gustarme el mate.
Tenía 12, 13 años. En mi barrio vivia una familia de correntinos. Tenian un hijo que jugaba al fútbol conmigo, era hincha de Boca como yo y nos juntabamos todas las tardes. Él tenia ese ritual cronometrado y medido de la preparación del mate: poner el agua, vaciar de yerba vieja el mate, lavarlo, cargarlo, sacurdirlo para sacar el polvo, mojar la yerba nueva con agua tibia, hundir la bombilla y, una vez probada la temperatura del agua, volcarla en un termo. Luego, ponia un casette de Bronco y cebaba mates. Sé que ver hacer ese ritual despertó en mí algo así como la sensación de “ser grande". Me sentía menos niño cuando solo, en mi casa, repetía el ritual y me llevaba mate y termo a mi pieza a hacer tarea, escuchar música o pintar una remera con Polydor.
Puedo identificar el momento en que me empezó a gustar la literatura. Mi abuela llevándome a la biblioteca del barrio, mi padre vendiendo libros casa por casa, mi madre escribiéndome cartas con lo que no podia decir o desdecir en persona, cuatro diccionarios verdes heredados de un abuelo muerto que recorriamos los días de lluvia. Más adelante, mi amigo Paco y su vehemente recomendación de Crimen y castigo; el maestro Juan Carlos Moisés y su palabra de aliento para que me anime a escribir.
La trampa del lenguaje
El verbo “gustar" es raro. Su etimología y su sintaxis se complementan de una manera muy particular para explicar su sentido. En su origen, el verbo gustar fue una acción, podemos decir, voluntaria, consciente, individual: el latin gustāre significaba "probar", "saborear" o "degustar". Esta acción empoderaba al individuo dándole la capacidad de decidir qué objeto sometía a su percepción , a su voluntad. La acción estaba dirigida a la materialidad pasiva del mundo. La percepción se ataba a la sensación física que dejaba el saborear. Asi entendido el gusto, solo podemos someter a nuestra voluntad lo que percibimos materialmente. Esa parte del mundo que podemos saborear. Me gusta solo lo que puedo y quiero, materialmente, probar.
Pero el mundo material es, a la vez, limitado e infinito, para quien percibe. La percepción solo percibe lo que saborea, y nada más. El vasto mundo queda lejos de las papilas gustativas. Es más lo que nos perdemos que lo que saboreamos.
Pero este limitado alcance de la acción se beneficia, entonces, con la sintaxis. Porque con el tiempo, el verbo evoluciona del sentido fisico, inmediato, a un sentido abstracto asociado al efecto placentero que, pacientemente, experimenta un sujeto. Ahora, el gusto no depende de mi sino del mundo: ya no saboreo, sino que experimento un efecto del mundo sobre mi. La sintaxis, poéticamente, vuelve objeto al sujeto y sujeto al objeto. Es que el uso generalizado del verbo “gustar" indica que el SUJETO de la oración es el OBJETO (persona, paisaje, instante, comida, música) que causa el placer en el SUJETO sintiente que, en la oración, es OBJETO indirecto (representado por el pronombre "me"), por ejemplo:
[Me gusta el mate].
En esta oración "el mate” (el objeto del mundo) es el SUJETO de la oración, y "me” (yo en el mundo) es el OBJETO paciente, pasivo que experimenta el placer, el gusto. La sintaxis, entonces, inventa poéticamente otro sentido del gusto. No es una acción de la voluntad subjetiva, sino un efecto del mundo (lugares, cosas , personas) sobre mi percepción.
El gusto es pura escritura
El lugar común "sobre gustos no hay nada escrito” es, por lo menos, una ceguera: en realidad el gusto es la escritura del mundo sobre nuestra percepción, el gusto es pura escritura. Nuestra percepción es una especie de hoja en blanco sobre la que el mundo va escribiendo aquello que nos gusta
El gusto no es una acción individual, es el producto de la interacción del sujeto con el mundo que lo rodea. El sujeto inmerso en la historia, eso es el gusto. Por eso, cuando pienso en mi gusto por el mate o la literatura, no hablo de mí sino de las personas, lugares, escenas que, de alguna manera, me transformaron. Hablo de una historia posible, la mia, que se construye con otros.
Sostener que el gusto es individual es desconocer, ocultar o negar la historia. Y es, en última instancia, agramatical. O como decia un viejo profesor de lingüística de la Uni, “no es aceptable".
Hablar del gusto como un acto de la voluntad que, a esta altura, la misma lengua impide, quizas sea la forma de hacernos creer que lo que somos no tiene nada que ver con los lugares, objetos, ideas, palabras o personas con las que vivimos. Vaya a saber a quién le interesaria desconectarnos de nuestra propia historia.
En " Zambita de piel morena”, de Guaraní, hay una frase que siempre me gustó (vale decir, me afectó sin que yo elija): “gime el parche, la comparsa clava en tu piel mil puñales". Esa metáfora del ritmo clavándose en el cuerpo es impresionante, impresiona, deja marca, huella, en quien la lee. El gusto, quizas, opere de la misma forma. El mundo nos va clavando en la percepción mil puñales cuya huella llamamos gusto. Nos quedan las cicatrices, las marcas, ese mundo que nos impresiona esta ausente, su huella no. O al revés, está tan presente que lo borramos de la percepción y llamamos gusto a la cicatriz de nuestra historia.

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