18 jun. 2015

Poemas de Roberto Malatesta*

Ver

Desde la ventana del primer piso de mi vecino
veíamos aparecer marcas, señales, en la vereda de enfrente.
Una nueva hilera de ladrillos, asomar un tapial,
la puertezuela del medidor de luz y de ella
el tornillo donde la pinza abre, más abajo
la aparición del cristal, luego, su final
y así todos esos elementos que durante años
estuvieron a nuestra disposición, y no vimos,
ahora sobredimensionados por su efecto esplendoroso:
el río comenzaba a bajar, el río se retiraba de la ciudad.
Al final de aquel día mi vecino dijo: mirá, 
la ranura para las cartas de aquella puerta
está a la altura del picaporte de aquel portón.
Cuánto significado encontrábamos en estas cosas,
¡Y eso era mirar!
Todo un día y la mitad de otro estuvimos Viendo.
Los vecinos de enfrente, tres familias en una casa de alto,
hacían lo mismo con nuestra vereda
e intercambiábamos saludos y bromas increíbles, y más, risas.
Quién sabe quién sufriría aquel día, en aquel mismo instante
por una mancha de humedad o por la copa
que se derrama sobre el mantel.

Caverna vacía

Era una particular caverna submarina.
Yo avanzaba y el ruido del agua era algo nunca oído.
Yo que me eché a oír
el agua de los ríos de llanura
y de los ríos de montaña,
a esta agua no la reconocía.
Esta que mis pies movían dentro de la casa
sonaba como de otro mundo,
como proveniente de otra realidad.
Y era una suerte que ya hubiese bajado, mucho.
Esperé todo un día luego de que comenzó a descender,
seguí los consejos de mi vecino: “con el agua en las rodillas sí,
con el agua al culo no”, por lo demás, había que conservar la ropa, 
lo más seca posible, y, al fin, 
bajé a constatar la presencia del intruso: el río en mi casa,
pero a él, más antiguo que yo, más viejo que una ciudad
de más de quinientos años, todo le era indiferente.
Ahora yo visitaba esa extraña caverna poblada de objetos flotantes 
y moles de madera que amenazaban caerse.
Yo era un hombre de cientos de miles de años de antigüedad.
El progreso, ciertamente, nos había llevado muy lejos,
había tomado una gran curva, 
se había enrollado 
como la serpiente que se muerde la cola.
Yo avanzaba en medio de la confusión,
pero de todo aquel extrañamiento 
el ruido del agua que desplazaban mis pies,
un ruido que nunca había oído
era la nota mayor, 
el ruido, un ruido que dudo
jamás pueda olvidar.

Luego de que el río

Luego de que el río desbordó mi aldea
y el mundo se enterara
cuán grande es mi aldea y ancho el río, 
fueron dos, tres, cuatro semanas
en las que mi poesía versó sobre tan trágico hecho.
Ahora, un poco más tranquilo,
no quiero para mí 
ni para mi poesía 
grandes temas.
Volveré a escribir sobre el sol
posado sobre alguna mínima flor, que,
ciertamente, habré de buscar
fuera de casa, puesto,
y ya ven qué difícil se me hace 
y qué trágica reincidencia,
el río entró en mi patio 
y no dejó ninguna.








*extraídos del libro "Por encima de los techos".





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