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19 jul 2026

Segunda entrega: “la pisada, la rabona, son los chiches que los viejos no te podían regalar”

 “la pisada, la rabona, son los chiches que los viejos no te podían regalar”

“Para verte gambetear”, La Guardia Hereje


Cuenta Martín Caparrós que Echeverría, antes de inventar nuestra cultura con “El Matadero”, se acercaba cada tanto a los barrios bajos a mirar con fascinación lo que allí sucedía. Tomaba apuntes, además, por si algún día, tal vez… Cuenta, Caparrós, que Echeverría llevaba muchas veces su guitarra y, rodeado de gauchos mal hablados y sucios, cantaba canciones populares. Y cuenta, también, que en una de esas visitas al matadero se encontró con un amigo de la infancia, con quien habían compartido calles, juegos, barros. Se abrazan, se ríen, se emocionan, se preguntan qué fue de ellos. Bartolo está feliz en el matadero, vive muy bien: tiene mujer, tiene platita, tiene su puesto: lo respetan. “Decime qué más quiero. Y todo gracias al Restaurador, Estevita, que hace que los hombres como yo también vivamos como reyes”. Y Echeverría no entiende, piensa que si le habla tal vez lo convenza. Y podría entender algo. Pero no entiende, Echeverría no entiende. La moldura europea lo ha modelado de tal forma que no entiende el barro, el idioma, la sensibilidad de su otrora compinche, de ese lugar que supo disfrutar.
El recorrido de Echeverría es conocido: de la fascinación por lo popular pasa a la extrañeza, de la extrañeza al temor, del temor al odio. Lanza entonces la pregunta que hoy resuena: ¿qué se le juega a esa chusma en sus costumbres y rituales? ¿por qué no piensan en cosas más importantes como la construcción de una literatura o de una cultura? ¿por qué esa energía que ponen en divertirse en el matadero no la ponen para derrocar al tirano? No importan las respuestas. Esa pregunta original inventa la cultura argentina que será para siempre y es hoy una lucha constante entre lo popular demonizado y lo culto sobreestimado: cada vez que festejamos fuerte y alguien nos mira con desprecio, nos mira Echeverría. Echeverría inventa, además, un lugar de enunciación: el de la “distancia crítica”, que es, además, la ruptura del lazo con lo popular. Es inconciliable tanta barbarie para la civilización. Por eso, cuando la canción de La Guardia Hereje dice “se reunieron el jet set y la camorra para verte gambetear” reconoce en el Diego el aglutinante cultural y la reivindicación esperada: el ricachón se rinde a los pies del negrito.
En una entrevista le preguntaron al “Burrito” Ortega por el partido que jugó contra Inglaterra en el mundial de Francia 98’, en el que jugó el mejor partido de su carrera. Contestó: “Jugué el mejor primer tiempo de mi vida porque jugué como jugué en mi barrio.. quería jugar al fútbol, quería divertirme; poder hacer eso y más contra Inglaterra en un mundial, fue mágico”. Ortega no “depositó” en ese partido algo que es ajeno, algo que no corresponde ahí. Hizo justamente lo contrario: fue lo que era, un pibe jugando al fútbol en su Jujuy pobre. Y ser, poder ser, por fin, y que su ser tenga un sentido: que los hombres como él también pueden ser reyes. El fútbol le dio la posibilidad que el mundo se había empecinado en quitarle: la posibilidad de ser, de existir. No se deposita nada, se logra existir. No se trata de una operación bancaria donde se pone en un lugar cosas que van en otro. Se trata de la experiencia de ser, lisa y llanamente, que logra desarmar las dimensiones del tiempo y el espacio y entonces jugar un mundial es jugar en los baldíos áridos de la puna. Porque se jugó en los baldíos áridos de la puna se juega un mundial. Es una poética del tiempo y el espacio. Cuando Diego gambeteó a los ingleses en el Azteca, cada uno de nosotros gambeteó ingleses en las veredas roñosas de nuestros barrios. Cuando Ortega tiraba caños a los ingleses en Francia, cada uno de nosotros tiraba caños en los baldíos pelados de nuestras calles. El gol de Lautaro lo hicimos una tarde que debíamos estar haciendo los deberes de la escuela.
En “El Ángel de las piernas torcidas”, hablando del brasileño Garrincha, Reinaldo Marchant dice: “El mundo lo conoció con el nombre de un pájaro incauto y veloz, Garrincha. En pesquisas cándidas por matorrales y arboledas desarrolló habilidades únicas, serpenteos, giros de bailes, taconeos, frenadas fortuitas, que lo llevarían a superar temibles cancerberos. […] Llevaba en la sangre la ingenuidad del chiquillo que perseguía por riachuelos, bosques y florestas, pequeñas aves electrizantes. Manoel Francisco dos Santos ejecutó sus primeras fintas y gambetas a los pájaros, en cerros y parajes selváticos. En esa comarca sostuvo sus primeras prácticas del balompé”. Garrincha fue Garrincha en el Mato Grosso y luego el fútbol le dio su lugar porque jugó cada partido como cazando pájaros en su comarca. Quienes vimos jugar a Ortega pero no al brasileño, podemos intuir que hay una magia que los une, que los replica hasta la eternidad.
Pienso en la distancia. La distancia que hay entre Echeverría y ese barrio que ya no siente, que abandonó. Esa distancia que se abre desde la incomprensión de lo propio que es visto como ajeno, y la ansiedad por imponer lo ajeno como propio y universal.
Pienso en las distancias que el fútbol deshace. Pienso en los que están lejos y les late el suelo que no es este suelo como a nosotros. Imagino que, como acá, se cruzan con la esperanza en el rostro de los demás en la vereda, en el supermercado, en el ascensor. Imagino que todo abrazo es el abrazo de alguien que extrañan. Imagino que pueblan con historias de acá el presente de allá y que distancia no hay. Imagino a Ortega gambeteando a los piratas en su Jujuy terroso y superpuesto a la paqueta Francia. Pienso en la distancia. Pienso en Garrincha, que viajó hasta Suecia llevando el Mato Grosso en sus pies y quiebres de cintura. Pienso en la distancia de aquellas siestas donde imaginábamos ser Ortega, o Diego, o el Pájaro Caniggia. Y nos relatábamos el partido bautizándonos Burruchaga, Valdano, Batistuta, Diego, otra vez. La distancia, pienso en la distancia, como un invento de la razón y de la lógica que el fútbol viene a burlar, y en los mundos imaginarios donde el barro se derrama sobre el oro de los reyes, donde nos volvemos reyes tomando agua fresca, después de un partido, robada de la canilla de la vecina.
La final del mundo va a deshacer la distancia en el tiempo y el espacio y todos los que fuimos, todos los que somos, los que pisamos el mismo barro, alguna vez, vamos a estar contenidos, adheridos a un latido, a un sudor y a una garganta. La patria y la cultura acaso sean eso, 90 minutos, silencio, tensión, y una mezcla inseparable de nuestros orígenes con nuestro presente. No hay distancias, todo se junta como en un remolino, y late, y late: barrilete, pecho inflado con el sol de nuestros sueños.