Soy Pablo Soto y "Párpados sicarios" es el blog en el que dejo registro de mis inquietudes en torno a la literatura, especialmente sobre la poesía. Podrán encontrar en las diferentes pestañas los temas de interés del blog. Allí podrán leer y comentar textos propios y de otros autores. También pueden seguir al blog en Facebook e Instagram como Parpadosicarios. En Facebook: https://www.facebook.com/parpadosicario En Instagram: @arpadosicario En Spotify: Párpados Sicarios Podcast

16 jul 2026

Primera entrega: “Yo vengo de la tierra donde un niño se hizo río solitario y sin caudal”

Yo vengo de la tierra donde un niño se hizo río solitario y sin caudal” 
 “Yo vengo”, Raly Barrionuevo 


 Llueve en Comodoro Rivadavia. Anochece y llueve en la ciudad. Es un agua calma, sencilla, honesta. La marea está baja, como si descansara lejos del ruido de la ciudad. Ayer, a esta hora, apenas si podíamos mirar por la ventana y encontrar algo que no sea la imagen mental de una pelota. Hoy, el mundo se restituye del otro lado de la ventana y hay marea baja, y atardece y el cielo está encapotado y llueve, lento. Uno, que vio tantas películas ambientadas en Londres, podría decir que hay un clima londinense y eso podría resultar igualmente propio e impropio a la vez. Comodoro no es Londres, por suerte. O por historia. Pero ya que nos apropiamos del fútbol a tal punto que lo hicimos nuestra cultura, quizás reste robarles el clima, qué más da. Y hacerlo nuestro, ponerle nuestras palabras, nuestra experiencia, nuestra melancolía o éxtasis. Somos el suelo que pisamos, el agua que nos moja, el gol de Diego a los ingleses en el 86. 
Te decía que llueve en Comodoro. Ha cambiado el clima, viste vos. Éramos secos, espinosos, ásperos. Hace años que menguó el viento y la humedad de a poco se vuelve hábito, hábitat. Creo que en algún momento vamos a parecernos bastante a la Cordillera. Se vuelve habitual la humedad, florecen cosas, el aire tiene otro aroma, otro brillo. Todo cambia, y amar el sur hoy quizás sea más fácil que hace varias décadas, cuando llegué; o más de un siglo, cuando llegaron los abuelos de los que hoy habitan el sur. Dos cosas me hicieron sentir extranjero el verano en que llegué: los álamos altos, altísimos y verdes; y las calles de tierra y piedra. Tanto que no conocía la palabra ripio, hasta que mi padre me dijo que en ripio había que manejar con precaución. 
A los dos o tres días de llegar, me invitaron a jugar a la pelota. La cancha de tierra y piedra fue un golpe de realidad. Esas primeras veces, me la pasaba hablando de las canchas de césped o gramilla de donde venía, que yo creía naturales, universales. Los que escuchaban me miraban raro, me cuestionaron, me insultaron. Es que parecía que les estaba refregando algo que no tenían, que les faltaba. Ese fue mi insilio. El tiempo, los amigos, las soledades, los perfumes, los días largos larguísimos de verano, me embarraron los pies de greda, el ripio laceró con violencia mis rodillas. Y encontré un lugar que no había tenido jamás. Los sábados eran cuatro, cinco horas de fútbol en canchas de tierra y piedra, luego volver, lavar heridas y salir con el ardor en la piel al cine donde vi Cinema Paradiso por primera vez. La canción “Una de romanos”, de Sabina, cuenta mejor que nadie esos sábados de cine en ese pueblito perdido del sur. La canción no habla de mí ni de Sarmiento, pero sí. 
 Llueve en el Sur. Hay una calma de calma recobrada. Somos nosotros, es lo nuestro, hay un orden que se restituye. Todo empezó con el gol de Enzo. Mejor dicho, todo empezó a rearmarse con el gol de Enzo. 
 Cuando terminó el partido, Lautaro Martínez, entre lágrimas y con el nudo de su propia historia ahogándolo, dijo que desde el día en que su papá le compró su primer par de botines soñaba con hacer el gol que hizo: a Inglaterra, en tiempo de descuento, para ganar el partido. ¿Quién no recuerda su primer par de botines? Los míos eran unos Lotto con tapones de aluminio que usé una sola vez. Esa tarde había llovido, la cancha era una greda pastosa que se adhería y no se despegaba con nada. Cuando volví a casa, me prohibieron entrar con los zapatos en ese estado porque iba a ensuciar el piso de parqué recién lustrado: -Los dejás afuera que se sequen-, dijo mi madre. Le hice caso. Al rato cuando fui a buscarlos para limpiarlos, me faltaba uno. Corrieron hipótesis: la más adecuada, el perro del vecino que solía venir a jugar a casa, de tan juguetón se lo había llevado vaya a saber dónde. Recorrimos el patio, la cuadra, el barrio. Nunca apareció. Tuve que esperar un buen tiempo para que a mis padres se les vaya el enojo y terminaran de pagar las cuotas del botín perdido, para siquiera animarme a pedirles otro par que, por supuesto, tardó mucho más en llegar. A jugar con zapatillas viejas, como cualquier cristiano. 
 Me acuerdo ahora, también, de la primer camiseta de fútbol que usé. Un tipo del barrio, en mi Junín natal, del que hoy no recuerdo ni quién era ni su cara, había armado un equipo de pibitos para competir en una especie de liga infantil de barrios. No teníamos cancha, no teníamos pelota, ni camisetas ni pantalones ni canilleras ni vendas. Pibes pobres como éramos, circulábamos por los baldíos del barrio inventando rivales de la otra cuadra. Este tipo juntó pibes de varios baldíos y armó el equipo del barrio. Entrenábamos, cuando podían llevarnos nuestros padres, al costado de la ruta de circunvalación, en un cuadrado de gramilla alta que tenía dos arcos hechos de tronco y ramas atados en los ángulos con alambre. Cuando llegó el momento de jugar nuestro partido no teníamos conjunto. Alguien pensó en qué sí teníamos: camisetas o remeras blancas. Y como vivíamos a doscientos metros de la cancha de Sarmiento, todos teníamos algo verde. Medias verdes, teníamos. Así que ahí veo a mi abuela recortar un número nueve en pañolenci verde y coserlo en la máquina Singer sobre una camiseta manga larga blanca que, en invierno, usaba debajo de la ropa. El equipo de barrio duró los tres partidos que perdimos. Pero esa camiseta blanca con el 9 de pañolenci verde la usé hasta que fue un trapo sucio y lleno de agujeros, en todos los baldíos del barrio donde enfrentábamos pibes con medias y camisetas originales compradas en el centro. 
 Soy esa camiseta reciclada y cosida por mi abuela en su máquina a pedal en una siesta juninense, vengo de esas tres derrotas seguidas, vengo de la greda pegada a un botín perdido casi sin uso, vengo de la espera del pobre. Eso dijo Lautaro: vengo de esos botines, de ese sueño, de esa tarde en que por fin tuve mi primer par de botines. 
 Venimos de ahí. El fútbol nos hace ser lo que somos, nos modela en el cara a cara con la derrota, con el amor, con la frustración. Nos entrena en el encuentro con el Otro, sea este Otro el inglés, el rico de la cuadra, el compañero de escuela. Nos teje en el aprendizaje de los vínculos: una pared, un pase al vacío, un cambio de frente, una barrida no es solo una acción individual, es un hacer por y para otro. El fútbol es una de las formas de la solidaridad, de la amistad, de la conciencia social, porque nunca estamos solos ahí. Por eso, jugando una semifinal de mundial o en la greda de un pueblo del sur, lo que nos late es lo que somos, lo que fuimos, lo que podemos ser. 
 Cuando los ingleses se pusieron 1 a 0, puse la foto de mi abuela Irma sobre una camiseta argentina y recé: Vos, que sabías todo, sabés lo que esto significa. Por favor, ayudanos. Vos, que sufrías conmigo escuchando a Boca por la radio porque no teníamos tele, por favor ayudanos. Vos, que sabías todo, más que nadie, más que todos. Vos que cosiste la ternura en una camiseta vieja, ayudanos. Y fue nomás. Soy aún un niño pateando una pelota hecho gramilla, hecho greda, con un nueve de pañolenci verde zurcido en la memoria. 
 Sigue lloviendo en Comodoro. Miro el retrato de mi abuela. Creo que en sus ojos llovió siempre. Vaya a saber qué tormentas la poblaron. Inglaterra la concha de tu madre.


 

No hay comentarios: