La poesía como restitución:
Su fuego en la tibieza
Por supuesto que hay muchos libros y mucha literatura escrita en torno a los hechos horrorosos que se sucedieron a partir del 24 de marzo de 1976 en Argentina. La literatura se ha encargado de narrar esos años de diferentes formas, desde diferentes perspectivas, con diferentes lenguajes y con diferentes herramientas. La poesía no solo narró desde la post dictadura, sino que además fue un arma utilizada durante los años de terror. Hay innumerables poetas reconocidos, incluso desaparecidos, que han dejado obras en donde plasman la realidad de esos momentos.
Entre los poetas que han dedicado su escritura poética a poetizar sobre esos años, aparece uno que a mí me gusta mucho y que no suele ser el más convocado, ni el más recordado, ni el más leído, ni el más recitado cuando se piensa en poetas que escriben sobre este periodo histórico. Este poeta es Alberto Szpunberg.
Szpunberg, en 1981, publica un libro que se llama Su fuego en la tibieza, editado mientras él estaba exiliado en España. De todo lo que tuve la oportunidad de leer en torno a la literatura que narra la dictadura —o que la poetiza, en este caso—, Su fuego en la tibieza, de Alberto Szpunberg es el que más me conmueve y el que más me convoca a la hora de pensar cómo la poesía puede nombrar y articular experiencias que muchas veces son indecibles e impronunciables.
Su fuego en la tibieza es un libro breve que, de alguna manera, reconstruye —o intenta reconstruir— a partir de fragmentos y de imágenes alusivas la irrupción de la dictadura en el mundo cotidiano. Pensando en términos generales, esto es muy potente, porque, estrictamente hablando, la dictadura, la tortura, el horror y la violencia no se nombran explícitamente. Este libro está un poco emparentado con el uso de la metonimia que reinventa y sitúa como paradigma literario Rodolfo Walsh en «Esa mujer».
Hay un procedimiento general en el libro de Szpunberg que consiste en hablar aludiendo a los efectos, a la experiencia de la dictadura, recurriendo a una especie de corpus fragmentario en el que la primera persona no siempre está involucrada. Así narra ese mundo cotidiano que se va desarticulando a partir de la irrupción de la violencia.
En ese sentido, el poema inicial, «Casa allanada», es el paradigma de este procedimiento. Primero, porque es el primer poema; el libro empieza con un allanamiento militar, aunque apenas si se lo menciona, o mejor dicho, se lo menciona metonímicamente: son dos versos al final los que nos dan el indicio de que se está hablando de un allanamiento militar. Ese poema, «Casa allanada», tiene tres partes: la cocina, la biblioteca y el jardín. En esos tres escenarios se instala la voz que alude a la irrupción de la violencia. Los poemas de esa primera parte construyen, a partir de lo que queda, de los restos, de las migajas, de los fragmentos, de los pedazos de la realidad pateada por una bota, imágenes que hacen alusión a esa violencia. Los objetos de la cocina, los libros y sus personajes, sus historias y sus autores, las plantas del jardín y el modo en el que crecen son la lengua a partir de la cual el autor construye el relato del horror.
Ante la dificultad de nombrar, ante la imposibilidad de nombrar, se plasma el silencio como puente. Los poemas presentan un tono conversacional, de confianza, afectuoso incluso, en esta irrupción de la violencia en el mundo cotidiano que lo desorganiza, que lo trastoca, que lo desarticula. Es la poesía y el lenguaje de la poesía lo que reorganiza, a partir de este tono conversacional, de las alusiones a la realidad planteadas elípticamente, de la literatura como un modo de hablar de la realidad, y de situar la pregunta como símbolo de la perplejidad ante el presente. Es impresionante cómo los poemas están cargados de esa perplejidad en forma de pregunta: ¿qué pasa?, ¿por qué pasó esto?, ¿qué hacemos ahora?, ¿cómo se sigue? Ese tipo de preguntas constituye la perplejidad de un mundo trastocado.
Hay además una idea que me parece sumamente interesante, que tiene que ver con la lógica del silencio que impone el horror —silencio que, como vimos, se intenta resolver con la poesía articulando y reorganizando esa realidad— pero que también tiene que ver con la construcción de una interlocución. En estos poemas siempre se construye un interlocutor para tender los puentes comunicacionales. Esos interlocutores son a veces imaginarios, a veces ficticios, pero a veces son reales: personajes de libros, militantes, personalidades, músicos famosos. Hay un lugar de interlocución, un enunciatario podemos decir, un receptor que se construye también desde la poesía, en una idea que muestra que la violencia no solo viene a romper con la palabra dicha, sino también con los puentes comunicantes. La poesía restituye eso. Vemos poemas en los que se habla con Mozart, con Emilio Salgari, con militantes con nombres en clave, con parientes. La conversación es también, en cierta medida, el procedimiento de estos poemas, y tiene que ver con esta intención de la poesía como restituyente de una realidad desarticulada por la violencia.
Por último, y es el punto al que quería llegar: el libro finaliza no con un poema aislado sino con una sección titulada «Exilio en el Masnou», una secuencia de poemas en los que, tal como lo dice el título, la poesía articula la experiencia del exilio. El poema es una conversación consigo mismo como si fuera un otro. Este desdoblamiento posibilita y habilita la palabra, pero también es un poco la consecuencia del exilio: el exiliado está obligado a hablar consigo mismo como si fuera un otro en su soledad. El exiliado es un sujeto forzosamente fragmentado. ¿Con quién hablar del exilio sino con ese «uno mismo» al que se mira de lejos, inalcanzable, perdido, irrecuperable?
La experiencia del exiliado en estos poemas no tiene mística, no tiene mito, no forma parte de ninguna mitología. Lo que vemos es un sujeto cotidianamente descolocado, atravesado por el miedo como reflejo, y por el mundo desconocido como una amenaza. Un exiliado es solo un hombre, dice el poema, que camina por una playa y cuyas huellas se borran apenas levanta el pie. El mundo del exiliado oscila entre murallas que no pueden cruzarse para volver —y que siempre parecen a punto de desplomarse pero no— y sueños de regreso como castillos de arena que todas las mañanas hay que levantar porque la espuma los deshace. El castillo, la arena, la huella: todo se borra. La espuma no es la espuma del mar; la espuma es la marca del exilio, la marca de un mar que se huele, que se siente, que se escucha. Es decir, la espuma es la marca de un exilio palpable, material, objetivo, que atraviesa el cuerpo y los sentidos.
En el exilio, dice el poema, uno está siempre a punto de decir, pero se silencia. Aunque hable, esa palabra no termina de comunicar la experiencia, porque la experiencia es material, es objetiva y es tan íntima que no se puede comunicar: entonces mojarse los pies, hablar con un pescador, sentarse en silencio, mirar el mar, recoger una piedra y guardarla en el bolsillo antes del regreso. Eso es el exilio. Una secuencia de vivencias cotidianas que se imprimen en los sentidos.
¿Regresar? Es mediodía en el poema. El exiliado toma sopa junto a su hija. E imagina. Eso es regresar para el exiliado.
Este libro de Alberto Szpunberg es, a mi parecer, el conjunto de poemas que mejor nos permite experimentar el horror, el silencio, el exilio y la poesía como articulación de una nueva realidad: la poesía como experiencia esperanzadora, la poesía como un modo de reconstruirnos.
A continuación, el poema.
Otro hombre ya paseó junto a este mar llorando a su amigo muerto,
pero no eres hijo de ninguna diosa ni vistes una armadura negra,
tus amigos son los únicos dioses que en la tarde
no pueblan ninguna montaña ni son convocados por el fuego:
bien sabés que estos dioses tuyos que murieron no se levantarán,
ni tan siquiera un poeta ciego recordará sus hazañas y sus nombres.
La misma espuma que hace siglos mojó una sandalia alada
ahora moja la punta de tu zapato que nunca te acuerdas de lustrar,
tus dioses son pobres, tu guerra es -o fue- más pobre, quizá ni una guerra,
pero te levantas las solapas del saco y procuras encender un cigarrillo,
te agachas para proteger esa débil llamita entre tus manos:
no, nadie te ha tomado delicadamente por el talón, eres vulnerable,
y todas tus glorias caben en el puño del viento:
abandona la costumbre de llevarte la mano a la cintura,
este ruido es el mar, no temas, es la batalla más triste.
Volverás a casa con los zapatos mojados, qué importa,
por el camino comprarás el diario e inútilmente buscarás esa noticia,
como si todo esto fuera un sueño, una muralla a punto de desplomarse.
¿Has mirado el mar increíblemente azul en el atardecer?
Tus ojos lejos, más lejos, buscan otra cosa en el horizonte,
siguen a la gaviota que cruza el cielo como una mano que saluda.
Pero esto no es una postal, quiero decir que aunque lo fuera,
¿a quién escribirías absurdas palabras que digan lo que allá no se puede decir?
Es inútil, sólo eres un hombre que camina por la playa
y tu huella se borra apenas levantas el pie.
No, no sigas el vuelo, ni trates de recordar una dirección, un nombre,
los nombres que repites sólo designaban hombres y días que nacerán,
pero ahora, ¿quién de los tuyos se apoya en este instante contra la costanera,
allá, al otro lado del mar, y escupe contra el agua?
Chillan, de pronto, las gaviotas:
siéntate un poco sobre este cajón, el silencio pesa.
Mira la espuma, es como un juego.
El castillo de arena que esta mañana levantó tu hija
aún resiste y en su costado
aún puede verse la huella de la mano pequeña.
La espuma lo cerca, es como un juego levantar castillos todas las mañanas
que mueren para volver a levantarse.
La espuma te moja la punta del zapato, es como un juego.
Aunque cierres los ojos, hueles y oyes: esto es el mar, no lo dudes,
hasta el viento que te da en la cara es el mar.
No es mi mar, estás a punto de decir, pero saludas
a un pescador que te responde sin quitar los ojos de sus líneas.
Tú también te quedas ahí mirando mirando,
pendiente del tirón que acaso curve la caña.
En este mar no hay bagres ni bogas, piensas,
pero un temblor de la caña te hace acercarte aún más.
Ahora sopla del sur, ¿de qué sur?, pero te inclinas
a encender tu cigarrillo en la brasa que te extienden.
Llueve a lo lejos, te dice el pescador, y señala el horizonte.
Asientes y miras hacia esa lluvia solitaria en medio del mar.
¿Para quién cae?, quisieras preguntarle al pescador, aunque sabes
que esa lluvia es sólo eso, un dulce murmullo para nadie.
A tus espaldas, contra la montaña, se levantan las casas:
subirías a contarle a alguien que ahora llueve en medio del mar
y que hay tristezas que flotan como islas a lo lejos,
pero la lluvia corre los peces hacia la costa, te dicen
para explicarte el sentido de insistir cuando allá llueve.
Subirás con las manos vacías, pero decides intentarlo:
buscan el calor de la costa, respondes, como si entendieras.
Un corazón tocado por el otoño
se arrebuja entre estas carnes,
abaraja los huesos y les dice:
resistan hasta el fin, es de noche,
tiriten, pero sin desmoronarse
bajo el peso agobiante de un hombre
que anda por las calles de una ciudad extraña,
y este corazón aún tiembla
sorprendido por su propia existencia:
un golpe de viento en la cara
descubre al fondo la montaña, rocas, matas,
donde hay una luz que también tiembla, lejana como los días claros, diáfanos, inalcanzable como la ciudad abandonada:
hacia allá van los nombres, se precipitan, muertes que aún entibian y pelean
contra toda distancia y todo olvido
del hombre que se agacha a recoger una piedra,
la guarda en el bolsillo y vuelve a casa.
En este plato enlozado cabe toda la sopa que aún humea,
el rayo de sol hiere el juego del vapor en el aire
y te quedas mirándolo, en silencio. Apoyas la cuchara en el borde del plato,
lentamente, como si temieras que el ruido despertara algún recuerdo.
Enfrente tuyo, tu hija sorbe la sopa
y con un fideo entre los labios te pregunta si hoy es mañana.
Hoy es hoy, le dices, y mañana es mañana, pero sonríes
y le enseñas que la cuchara puede flotar en la sopa como un barco,
un barco pesado y humeante que sabe ir y volver, también volver.
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