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19 jul 2026

Segunda entrega: “la pisada, la rabona, son los chiches que los viejos no te podían regalar”

 “la pisada, la rabona, son los chiches que los viejos no te podían regalar”

“Para verte gambetear”, La Guardia Hereje


Cuenta Martín Caparrós que Echeverría, antes de inventar nuestra cultura con “El Matadero”, se acercaba cada tanto a los barrios bajos a mirar con fascinación lo que allí sucedía. Tomaba apuntes, además, por si algún día, tal vez… Cuenta, Caparrós, que Echeverría llevaba muchas veces su guitarra y, rodeado de gauchos mal hablados y sucios, cantaba canciones populares. Y cuenta, también, que en una de esas visitas al matadero se encontró con un amigo de la infancia, con quien habían compartido calles, juegos, barros. Se abrazan, se ríen, se emocionan, se preguntan qué fue de ellos. Bartolo está feliz en el matadero, vive muy bien: tiene mujer, tiene platita, tiene su puesto: lo respetan. “Decime qué más quiero. Y todo gracias al Restaurador, Estevita, que hace que los hombres como yo también vivamos como reyes”. Y Echeverría no entiende, piensa que si le habla tal vez lo convenza. Y podría entender algo. Pero no entiende, Echeverría no entiende. La moldura europea lo ha modelado de tal forma que no entiende el barro, el idioma, la sensibilidad de su otrora compinche, de ese lugar que supo disfrutar.
El recorrido de Echeverría es conocido: de la fascinación por lo popular pasa a la extrañeza, de la extrañeza al temor, del temor al odio. Lanza entonces la pregunta que hoy resuena: ¿qué se le juega a esa chusma en sus costumbres y rituales? ¿por qué no piensan en cosas más importantes como la construcción de una literatura o de una cultura? ¿por qué esa energía que ponen en divertirse en el matadero no la ponen para derrocar al tirano? No importan las respuestas. Esa pregunta original inventa la cultura argentina que será para siempre y es hoy una lucha constante entre lo popular demonizado y lo culto sobreestimado: cada vez que festejamos fuerte y alguien nos mira con desprecio, nos mira Echeverría. Echeverría inventa, además, un lugar de enunciación: el de la “distancia crítica”, que es, además, la ruptura del lazo con lo popular. Es inconciliable tanta barbarie para la civilización. Por eso, cuando la canción de La Guardia Hereje dice “se reunieron el jet set y la camorra para verte gambetear” reconoce en el Diego el aglutinante cultural y la reivindicación esperada: el ricachón se rinde a los pies del negrito.
En una entrevista le preguntaron al “Burrito” Ortega por el partido que jugó contra Inglaterra en el mundial de Francia 98’, en el que jugó el mejor partido de su carrera. Contestó: “Jugué el mejor primer tiempo de mi vida porque jugué como jugué en mi barrio.. quería jugar al fútbol, quería divertirme; poder hacer eso y más contra Inglaterra en un mundial, fue mágico”. Ortega no “depositó” en ese partido algo que es ajeno, algo que no corresponde ahí. Hizo justamente lo contrario: fue lo que era, un pibe jugando al fútbol en su Jujuy pobre. Y ser, poder ser, por fin, y que su ser tenga un sentido: que los hombres como él también pueden ser reyes. El fútbol le dio la posibilidad que el mundo se había empecinado en quitarle: la posibilidad de ser, de existir. No se deposita nada, se logra existir. No se trata de una operación bancaria donde se pone en un lugar cosas que van en otro. Se trata de la experiencia de ser, lisa y llanamente, que logra desarmar las dimensiones del tiempo y el espacio y entonces jugar un mundial es jugar en los baldíos áridos de la puna. Porque se jugó en los baldíos áridos de la puna se juega un mundial. Es una poética del tiempo y el espacio. Cuando Diego gambeteó a los ingleses en el Azteca, cada uno de nosotros gambeteó ingleses en las veredas roñosas de nuestros barrios. Cuando Ortega tiraba caños a los ingleses en Francia, cada uno de nosotros tiraba caños en los baldíos pelados de nuestras calles. El gol de Lautaro lo hicimos una tarde que debíamos estar haciendo los deberes de la escuela.
En “El Ángel de las piernas torcidas”, hablando del brasileño Garrincha, Reinaldo Marchant dice: “El mundo lo conoció con el nombre de un pájaro incauto y veloz, Garrincha. En pesquisas cándidas por matorrales y arboledas desarrolló habilidades únicas, serpenteos, giros de bailes, taconeos, frenadas fortuitas, que lo llevarían a superar temibles cancerberos. […] Llevaba en la sangre la ingenuidad del chiquillo que perseguía por riachuelos, bosques y florestas, pequeñas aves electrizantes. Manoel Francisco dos Santos ejecutó sus primeras fintas y gambetas a los pájaros, en cerros y parajes selváticos. En esa comarca sostuvo sus primeras prácticas del balompé”. Garrincha fue Garrincha en el Mato Grosso y luego el fútbol le dio su lugar porque jugó cada partido como cazando pájaros en su comarca. Quienes vimos jugar a Ortega pero no al brasileño, podemos intuir que hay una magia que los une, que los replica hasta la eternidad.
Pienso en la distancia. La distancia que hay entre Echeverría y ese barrio que ya no siente, que abandonó. Esa distancia que se abre desde la incomprensión de lo propio que es visto como ajeno, y la ansiedad por imponer lo ajeno como propio y universal.
Pienso en las distancias que el fútbol deshace. Pienso en los que están lejos y les late el suelo que no es este suelo como a nosotros. Imagino que, como acá, se cruzan con la esperanza en el rostro de los demás en la vereda, en el supermercado, en el ascensor. Imagino que todo abrazo es el abrazo de alguien que extrañan. Imagino que pueblan con historias de acá el presente de allá y que distancia no hay. Imagino a Ortega gambeteando a los piratas en su Jujuy terroso y superpuesto a la paqueta Francia. Pienso en la distancia. Pienso en Garrincha, que viajó hasta Suecia llevando el Mato Grosso en sus pies y quiebres de cintura. Pienso en la distancia de aquellas siestas donde imaginábamos ser Ortega, o Diego, o el Pájaro Caniggia. Y nos relatábamos el partido bautizándonos Burruchaga, Valdano, Batistuta, Diego, otra vez. La distancia, pienso en la distancia, como un invento de la razón y de la lógica que el fútbol viene a burlar, y en los mundos imaginarios donde el barro se derrama sobre el oro de los reyes, donde nos volvemos reyes tomando agua fresca, después de un partido, robada de la canilla de la vecina.
La final del mundo va a deshacer la distancia en el tiempo y el espacio y todos los que fuimos, todos los que somos, los que pisamos el mismo barro, alguna vez, vamos a estar contenidos, adheridos a un latido, a un sudor y a una garganta. La patria y la cultura acaso sean eso, 90 minutos, silencio, tensión, y una mezcla inseparable de nuestros orígenes con nuestro presente. No hay distancias, todo se junta como en un remolino, y late, y late: barrilete, pecho inflado con el sol de nuestros sueños.


16 jul 2026

Primera entrega: “Yo vengo de la tierra donde un niño se hizo río solitario y sin caudal”

Yo vengo de la tierra donde un niño se hizo río solitario y sin caudal” 
 “Yo vengo”, Raly Barrionuevo 


 Llueve en Comodoro Rivadavia. Anochece y llueve en la ciudad. Es un agua calma, sencilla, honesta. La marea está baja, como si descansara lejos del ruido de la ciudad. Ayer, a esta hora, apenas si podíamos mirar por la ventana y encontrar algo que no sea la imagen mental de una pelota. Hoy, el mundo se restituye del otro lado de la ventana y hay marea baja, y atardece y el cielo está encapotado y llueve, lento. Uno, que vio tantas películas ambientadas en Londres, podría decir que hay un clima londinense y eso podría resultar igualmente propio e impropio a la vez. Comodoro no es Londres, por suerte. O por historia. Pero ya que nos apropiamos del fútbol a tal punto que lo hicimos nuestra cultura, quizás reste robarles el clima, qué más da. Y hacerlo nuestro, ponerle nuestras palabras, nuestra experiencia, nuestra melancolía o éxtasis. Somos el suelo que pisamos, el agua que nos moja, el gol de Diego a los ingleses en el 86. 
Te decía que llueve en Comodoro. Ha cambiado el clima, viste vos. Éramos secos, espinosos, ásperos. Hace años que menguó el viento y la humedad de a poco se vuelve hábito, hábitat. Creo que en algún momento vamos a parecernos bastante a la Cordillera. Se vuelve habitual la humedad, florecen cosas, el aire tiene otro aroma, otro brillo. Todo cambia, y amar el sur hoy quizás sea más fácil que hace varias décadas, cuando llegué; o más de un siglo, cuando llegaron los abuelos de los que hoy habitan el sur. Dos cosas me hicieron sentir extranjero el verano en que llegué: los álamos altos, altísimos y verdes; y las calles de tierra y piedra. Tanto que no conocía la palabra ripio, hasta que mi padre me dijo que en ripio había que manejar con precaución. 
A los dos o tres días de llegar, me invitaron a jugar a la pelota. La cancha de tierra y piedra fue un golpe de realidad. Esas primeras veces, me la pasaba hablando de las canchas de césped o gramilla de donde venía, que yo creía naturales, universales. Los que escuchaban me miraban raro, me cuestionaron, me insultaron. Es que parecía que les estaba refregando algo que no tenían, que les faltaba. Ese fue mi insilio. El tiempo, los amigos, las soledades, los perfumes, los días largos larguísimos de verano, me embarraron los pies de greda, el ripio laceró con violencia mis rodillas. Y encontré un lugar que no había tenido jamás. Los sábados eran cuatro, cinco horas de fútbol en canchas de tierra y piedra, luego volver, lavar heridas y salir con el ardor en la piel al cine donde vi Cinema Paradiso por primera vez. La canción “Una de romanos”, de Sabina, cuenta mejor que nadie esos sábados de cine en ese pueblito perdido del sur. La canción no habla de mí ni de Sarmiento, pero sí. 
 Llueve en el Sur. Hay una calma de calma recobrada. Somos nosotros, es lo nuestro, hay un orden que se restituye. Todo empezó con el gol de Enzo. Mejor dicho, todo empezó a rearmarse con el gol de Enzo. 
 Cuando terminó el partido, Lautaro Martínez, entre lágrimas y con el nudo de su propia historia ahogándolo, dijo que desde el día en que su papá le compró su primer par de botines soñaba con hacer el gol que hizo: a Inglaterra, en tiempo de descuento, para ganar el partido. ¿Quién no recuerda su primer par de botines? Los míos eran unos Lotto con tapones de aluminio que usé una sola vez. Esa tarde había llovido, la cancha era una greda pastosa que se adhería y no se despegaba con nada. Cuando volví a casa, me prohibieron entrar con los zapatos en ese estado porque iba a ensuciar el piso de parqué recién lustrado: -Los dejás afuera que se sequen-, dijo mi madre. Le hice caso. Al rato cuando fui a buscarlos para limpiarlos, me faltaba uno. Corrieron hipótesis: la más adecuada, el perro del vecino que solía venir a jugar a casa, de tan juguetón se lo había llevado vaya a saber dónde. Recorrimos el patio, la cuadra, el barrio. Nunca apareció. Tuve que esperar un buen tiempo para que a mis padres se les vaya el enojo y terminaran de pagar las cuotas del botín perdido, para siquiera animarme a pedirles otro par que, por supuesto, tardó mucho más en llegar. A jugar con zapatillas viejas, como cualquier cristiano. 
 Me acuerdo ahora, también, de la primer camiseta de fútbol que usé. Un tipo del barrio, en mi Junín natal, del que hoy no recuerdo ni quién era ni su cara, había armado un equipo de pibitos para competir en una especie de liga infantil de barrios. No teníamos cancha, no teníamos pelota, ni camisetas ni pantalones ni canilleras ni vendas. Pibes pobres como éramos, circulábamos por los baldíos del barrio inventando rivales de la otra cuadra. Este tipo juntó pibes de varios baldíos y armó el equipo del barrio. Entrenábamos, cuando podían llevarnos nuestros padres, al costado de la ruta de circunvalación, en un cuadrado de gramilla alta que tenía dos arcos hechos de tronco y ramas atados en los ángulos con alambre. Cuando llegó el momento de jugar nuestro partido no teníamos conjunto. Alguien pensó en qué sí teníamos: camisetas o remeras blancas. Y como vivíamos a doscientos metros de la cancha de Sarmiento, todos teníamos algo verde. Medias verdes, teníamos. Así que ahí veo a mi abuela recortar un número nueve en pañolenci verde y coserlo en la máquina Singer sobre una camiseta manga larga blanca que, en invierno, usaba debajo de la ropa. El equipo de barrio duró los tres partidos que perdimos. Pero esa camiseta blanca con el 9 de pañolenci verde la usé hasta que fue un trapo sucio y lleno de agujeros, en todos los baldíos del barrio donde enfrentábamos pibes con medias y camisetas originales compradas en el centro. 
 Soy esa camiseta reciclada y cosida por mi abuela en su máquina a pedal en una siesta juninense, vengo de esas tres derrotas seguidas, vengo de la greda pegada a un botín perdido casi sin uso, vengo de la espera del pobre. Eso dijo Lautaro: vengo de esos botines, de ese sueño, de esa tarde en que por fin tuve mi primer par de botines. 
 Venimos de ahí. El fútbol nos hace ser lo que somos, nos modela en el cara a cara con la derrota, con el amor, con la frustración. Nos entrena en el encuentro con el Otro, sea este Otro el inglés, el rico de la cuadra, el compañero de escuela. Nos teje en el aprendizaje de los vínculos: una pared, un pase al vacío, un cambio de frente, una barrida no es solo una acción individual, es un hacer por y para otro. El fútbol es una de las formas de la solidaridad, de la amistad, de la conciencia social, porque nunca estamos solos ahí. Por eso, jugando una semifinal de mundial o en la greda de un pueblo del sur, lo que nos late es lo que somos, lo que fuimos, lo que podemos ser. 
 Cuando los ingleses se pusieron 1 a 0, puse la foto de mi abuela Irma sobre una camiseta argentina y recé: Vos, que sabías todo, sabés lo que esto significa. Por favor, ayudanos. Vos, que sufrías conmigo escuchando a Boca por la radio porque no teníamos tele, por favor ayudanos. Vos, que sabías todo, más que nadie, más que todos. Vos que cosiste la ternura en una camiseta vieja, ayudanos. Y fue nomás. Soy aún un niño pateando una pelota hecho gramilla, hecho greda, con un nueve de pañolenci verde zurcido en la memoria. 
 Sigue lloviendo en Comodoro. Miro el retrato de mi abuela. Creo que en sus ojos llovió siempre. Vaya a saber qué tormentas la poblaron. Inglaterra la concha de tu madre.


 

24 mar 2026

La poesía como restitución: Su fuego en la tibieza.

La poesía como restitución: Su fuego en la tibieza — Párpados Sicarios
Párpados Sicarios
24 de marzo de 2026 Pablo Soto

La poesía como restitución:
Su fuego en la tibieza

Por supuesto que hay muchos libros y mucha literatura escrita en torno a los hechos horrorosos que se sucedieron a partir del 24 de marzo de 1976 en Argentina. La literatura se ha encargado de narrar esos años de diferentes formas, desde diferentes perspectivas, con diferentes lenguajes y con diferentes herramientas. La poesía no solo narró desde la post dictadura, sino que además fue un arma utilizada durante los años de terror. Hay innumerables poetas reconocidos, incluso desaparecidos, que han dejado obras en donde plasman la realidad de esos momentos.

Entre los poetas que han dedicado su escritura poética a poetizar sobre esos años, aparece uno que a mí me gusta mucho y que no suele ser el más convocado, ni el más recordado, ni el más leído, ni el más recitado cuando se piensa en poetas que escriben sobre este periodo histórico. Este poeta es Alberto Szpunberg.

Szpunberg, en 1981, publica un libro que se llama Su fuego en la tibieza, editado mientras él estaba exiliado en España. De todo lo que tuve la oportunidad de leer en torno a la literatura que narra la dictadura —o que la poetiza, en este caso—, Su fuego en la tibieza, de Alberto Szpunberg es el que más me conmueve y el que más me convoca a la hora de pensar cómo la poesía puede nombrar y articular experiencias que muchas veces son indecibles e impronunciables.

Su fuego en la tibieza es un libro breve que, de alguna manera, reconstruye —o intenta reconstruir— a partir de fragmentos y de imágenes alusivas la irrupción de la dictadura en el mundo cotidiano. Pensando en términos generales, esto es muy potente, porque, estrictamente hablando, la dictadura, la tortura, el horror y la violencia no se nombran explícitamente. Este libro está un poco emparentado con el uso de la metonimia que reinventa y sitúa como paradigma literario Rodolfo Walsh en «Esa mujer».

Hay un procedimiento general en el libro de Szpunberg que consiste en hablar aludiendo a los efectos, a la experiencia de la dictadura, recurriendo a una especie de corpus fragmentario en el que la primera persona no siempre está involucrada. Así narra ese mundo cotidiano que se va desarticulando a partir de la irrupción de la violencia.

En ese sentido, el poema inicial, «Casa allanada», es el paradigma de este procedimiento. Primero, porque es el primer poema; el libro empieza con un allanamiento militar, aunque apenas si se lo menciona, o mejor dicho, se lo menciona metonímicamente: son dos versos al final los que nos dan el indicio de que se está hablando de un allanamiento militar. Ese poema, «Casa allanada», tiene tres partes: la cocina, la biblioteca y el jardín. En esos tres escenarios se instala la voz que alude a la irrupción de la violencia. Los poemas de esa primera parte construyen, a partir de lo que queda, de los restos, de las migajas, de los fragmentos, de los pedazos de la realidad pateada por una bota, imágenes que hacen alusión a esa violencia. Los objetos de la cocina, los libros y sus personajes, sus historias y sus autores, las plantas del jardín y el modo en el que crecen son la lengua a partir de la cual el autor construye el relato del horror.

Ante la dificultad de nombrar, ante la imposibilidad de nombrar, se plasma el silencio como puente. Los poemas presentan un tono conversacional, de confianza, afectuoso incluso, en esta irrupción de la violencia en el mundo cotidiano que lo desorganiza, que lo trastoca, que lo desarticula. Es la poesía y el lenguaje de la poesía lo que reorganiza, a partir de este tono conversacional, de las alusiones a la realidad planteadas elípticamente, de la literatura como un modo de hablar de la realidad, y de situar la pregunta como símbolo de la perplejidad ante el presente. Es impresionante cómo los poemas están cargados de esa perplejidad en forma de pregunta: ¿qué pasa?, ¿por qué pasó esto?, ¿qué hacemos ahora?, ¿cómo se sigue? Ese tipo de preguntas constituye la perplejidad de un mundo trastocado.

Hay además una idea que me parece sumamente interesante, que tiene que ver con la lógica del silencio que impone el horror —silencio que, como vimos, se intenta resolver con la poesía articulando y reorganizando esa realidad— pero que también tiene que ver con la construcción de una interlocución. En estos poemas siempre se construye un interlocutor para tender los puentes comunicacionales. Esos interlocutores son a veces imaginarios, a veces ficticios, pero a veces son reales: personajes de libros, militantes, personalidades, músicos famosos. Hay un lugar de interlocución, un enunciatario podemos decir, un receptor que se construye también desde la poesía, en una idea que muestra que la violencia no solo viene a romper con la palabra dicha, sino también con los puentes comunicantes. La poesía restituye eso. Vemos poemas en los que se habla con Mozart, con Emilio Salgari, con militantes con nombres en clave, con parientes. La conversación es también, en cierta medida, el procedimiento de estos poemas, y tiene que ver con esta intención de la poesía como restituyente de una realidad desarticulada por la violencia.

Por último, y es el punto al que quería llegar: el libro finaliza no con un poema aislado sino con una sección titulada «Exilio en el Masnou», una secuencia de poemas en los que, tal como lo dice el título, la poesía articula la experiencia del exilio. El poema es una conversación consigo mismo como si fuera un otro. Este desdoblamiento posibilita y habilita la palabra, pero también es un poco la consecuencia del exilio: el exiliado está obligado a hablar consigo mismo como si fuera un otro en su soledad. El exiliado es un sujeto forzosamente fragmentado. ¿Con quién hablar del exilio sino con ese «uno mismo» al que se mira de lejos, inalcanzable, perdido, irrecuperable?

La experiencia del exiliado en estos poemas no tiene mística, no tiene mito, no forma parte de ninguna mitología. Lo que vemos es un sujeto cotidianamente descolocado, atravesado por el miedo como reflejo, y por el mundo desconocido como una amenaza. Un exiliado es solo un hombre, dice el poema, que camina por una playa y cuyas huellas se borran apenas levanta el pie. El mundo del exiliado oscila entre murallas que no pueden cruzarse para volver —y que siempre parecen a punto de desplomarse pero no— y sueños de regreso como castillos de arena que todas las mañanas hay que levantar porque la espuma los deshace. El castillo, la arena, la huella: todo se borra. La espuma no es la espuma del mar; la espuma es la marca del exilio, la marca de un mar que se huele, que se siente, que se escucha. Es decir, la espuma es la marca de un exilio palpable, material, objetivo, que atraviesa el cuerpo y los sentidos.

En el exilio, dice el poema, uno está siempre a punto de decir, pero se silencia. Aunque hable, esa palabra no termina de comunicar la experiencia, porque la experiencia es material, es objetiva y es tan íntima que no se puede comunicar: entonces mojarse los pies, hablar con un pescador, sentarse en silencio, mirar el mar, recoger una piedra y guardarla en el bolsillo antes del regreso. Eso es el exilio. Una secuencia de vivencias cotidianas que se imprimen en los sentidos.

¿Regresar? Es mediodía en el poema. El exiliado toma sopa junto a su hija. E imagina. Eso es regresar para el exiliado.

Este libro de Alberto Szpunberg es, a mi parecer, el conjunto de poemas que mejor nos permite experimentar el horror, el silencio, el exilio y la poesía como articulación de una nueva realidad: la poesía como experiencia esperanzadora, la poesía como un modo de reconstruirnos.

A continuación, el poema.

Poema
Exilio en el Masnou
I  ·  Talón de Aquiles

Otro hombre ya paseó junto a este mar llorando a su amigo muerto,
pero no eres hijo de ninguna diosa ni vistes una armadura negra,
tus amigos son los únicos dioses que en la tarde
no pueblan ninguna montaña ni son convocados por el fuego:
bien sabés que estos dioses tuyos que murieron no se levantarán,
ni tan siquiera un poeta ciego recordará sus hazañas y sus nombres.
La misma espuma que hace siglos mojó una sandalia alada
ahora moja la punta de tu zapato que nunca te acuerdas de lustrar,
tus dioses son pobres, tu guerra es -o fue- más pobre, quizá ni una guerra,
pero te levantas las solapas del saco y procuras encender un cigarrillo,
te agachas para proteger esa débil llamita entre tus manos:
no, nadie te ha tomado delicadamente por el talón, eres vulnerable,
y todas tus glorias caben en el puño del viento:
abandona la costumbre de llevarte la mano a la cintura,
este ruido es el mar, no temas, es la batalla más triste.
Volverás a casa con los zapatos mojados, qué importa,
por el camino comprarás el diario e inútilmente buscarás esa noticia,
como si todo esto fuera un sueño, una muralla a punto de desplomarse.

II

¿Has mirado el mar increíblemente azul en el atardecer?
Tus ojos lejos, más lejos, buscan otra cosa en el horizonte,
siguen a la gaviota que cruza el cielo como una mano que saluda.
Pero esto no es una postal, quiero decir que aunque lo fuera,
¿a quién escribirías absurdas palabras que digan lo que allá no se puede decir?
Es inútil, sólo eres un hombre que camina por la playa
y tu huella se borra apenas levantas el pie.
No, no sigas el vuelo, ni trates de recordar una dirección, un nombre,
los nombres que repites sólo designaban hombres y días que nacerán,
pero ahora, ¿quién de los tuyos se apoya en este instante contra la costanera,
allá, al otro lado del mar, y escupe contra el agua?
Chillan, de pronto, las gaviotas:
siéntate un poco sobre este cajón, el silencio pesa.

III

Mira la espuma, es como un juego.
El castillo de arena que esta mañana levantó tu hija
aún resiste y en su costado
aún puede verse la huella de la mano pequeña.
La espuma lo cerca, es como un juego levantar castillos todas las mañanas
que mueren para volver a levantarse.
La espuma te moja la punta del zapato, es como un juego.

IV

Aunque cierres los ojos, hueles y oyes: esto es el mar, no lo dudes,
hasta el viento que te da en la cara es el mar.
No es mi mar, estás a punto de decir, pero saludas
a un pescador que te responde sin quitar los ojos de sus líneas.
Tú también te quedas ahí mirando mirando,
pendiente del tirón que acaso curve la caña.
En este mar no hay bagres ni bogas, piensas,
pero un temblor de la caña te hace acercarte aún más.
Ahora sopla del sur, ¿de qué sur?, pero te inclinas
a encender tu cigarrillo en la brasa que te extienden.

V

Llueve a lo lejos, te dice el pescador, y señala el horizonte.
Asientes y miras hacia esa lluvia solitaria en medio del mar.
¿Para quién cae?, quisieras preguntarle al pescador, aunque sabes
que esa lluvia es sólo eso, un dulce murmullo para nadie.
A tus espaldas, contra la montaña, se levantan las casas:
subirías a contarle a alguien que ahora llueve en medio del mar
y que hay tristezas que flotan como islas a lo lejos,
pero la lluvia corre los peces hacia la costa, te dicen
para explicarte el sentido de insistir cuando allá llueve.
Subirás con las manos vacías, pero decides intentarlo:
buscan el calor de la costa, respondes, como si entendieras.

VI

Un corazón tocado por el otoño
se arrebuja entre estas carnes,
abaraja los huesos y les dice:
resistan hasta el fin, es de noche,
tiriten, pero sin desmoronarse
bajo el peso agobiante de un hombre
que anda por las calles de una ciudad extraña,
y este corazón aún tiembla
sorprendido por su propia existencia:
un golpe de viento en la cara
descubre al fondo la montaña, rocas, matas,
donde hay una luz que también tiembla, lejana como los días claros, diáfanos, inalcanzable como la ciudad abandonada:
hacia allá van los nombres, se precipitan, muertes que aún entibian y pelean
contra toda distancia y todo olvido
del hombre que se agacha a recoger una piedra,
la guarda en el bolsillo y vuelve a casa.

VII  ·  También cuando se come se habla

En este plato enlozado cabe toda la sopa que aún humea,
el rayo de sol hiere el juego del vapor en el aire
y te quedas mirándolo, en silencio. Apoyas la cuchara en el borde del plato,
lentamente, como si temieras que el ruido despertara algún recuerdo.
Enfrente tuyo, tu hija sorbe la sopa
y con un fideo entre los labios te pregunta si hoy es mañana.
Hoy es hoy, le dices, y mañana es mañana, pero sonríes
y le enseñas que la cuchara puede flotar en la sopa como un barco,
un barco pesado y humeante que sabe ir y volver, también volver.

Tags Poesía Dictadura Exilio Literatura argentina

22 mar 2026

Presentación

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La sintaxis del deseo: el gusto como cicatriz




Llovió toda la noche. Es domingo. Esta mañana, afuera, hay otro brillo en las cosas del mundo, en el mar que se retira lento, en el cielo. 


Me gustan las mañanas después de una lluvia: tienen algo de ausencia, de huella, de haber sido. 


Pero es otra cosa la que pienso cuando miro a través de la ventana. ¿Por qué me gustan las mañanas después de la lluvia? ¿De qué hablo cuando digo “me gustan las mañanas después de la lluvia"? ¿De mí, de la lluvia, de lo que siento, recuerdo, extraño? 


Preparo mates, escucho una zamba. Me gusta, los domingos temprano, escuchar zambas y tomar mates mirando, a través de la ventana, el mar. Y otra vez, ¿qué significa decir “me gusta”?


Hace un tiempo escribí un poema sobre el después de la lluvia, ahora lo recuerdo: 




No es más triste la lluvia


Que el momento en que cesa


Y las cosas empiezan a secarse. 


Mientras llueve


algo se mueve, vive


hay impacto, reflejos.


Luego 


todo se aquieta


y se va


de a poco


se evapora. 


Ese irse


Es triste. 




Un poco, intentaba correr de lugar el lugar común de la lluvia triste. Si algo triste tiene la lluvia, es cuando cesa. Nada. Una impresión.


 El ritual del gusto

Puedo identificar con claridad el momento en que empezó a gustarme el mate. 


Tenía 12, 13 años. En mi barrio vivia una familia de correntinos. Tenian un hijo que jugaba al fútbol conmigo, era hincha de Boca como yo y nos juntabamos todas las tardes. Él tenia ese ritual cronometrado y medido de la preparación del mate: poner el agua, vaciar de yerba vieja el mate, lavarlo, cargarlo, sacurdirlo para sacar el polvo, mojar la yerba nueva con agua tibia, hundir la bombilla y, una vez probada la temperatura del agua, volcarla en un termo. Luego, ponia un casette de Bronco y cebaba mates. Sé que ver hacer ese ritual despertó en mí algo así como la sensación de “ser grande". Me sentía menos niño cuando solo, en mi casa, repetía el ritual y me llevaba mate y termo a mi pieza a hacer tarea, escuchar música o pintar una remera con Polydor.

Puedo identificar el momento en que me empezó a gustar la literatura. Mi abuela llevándome a la biblioteca del barrio, mi padre vendiendo libros casa por casa, mi madre escribiéndome cartas con lo que no podia decir o desdecir en persona, cuatro diccionarios verdes heredados de un abuelo muerto que recorriamos los días de lluvia. Más adelante, mi amigo Paco y su vehemente recomendación de Crimen y castigo; el maestro Juan Carlos Moisés y su palabra de aliento para que me anime a escribir. 


La trampa del lenguaje 

El verbo “gustar" es raro. Su etimología y su sintaxis se complementan de una manera muy particular para explicar su sentido. En su origen, el verbo gustar fue una acción, podemos decir, voluntaria, consciente, individual: el latin gustāre significaba "probar", "saborear" o "degustar". Esta acción empoderaba al individuo dándole la capacidad de decidir qué objeto sometía a su percepción , a su voluntad. La acción estaba dirigida a la materialidad pasiva del mundo. La percepción se ataba a la sensación física que dejaba el saborear. Asi entendido el gusto, solo podemos someter a nuestra voluntad lo que percibimos materialmente. Esa parte del mundo que podemos saborear. Me gusta solo lo que puedo y quiero, materialmente, probar. 


Pero el mundo material es, a la vez, limitado e infinito, para quien percibe. La percepción solo percibe lo que saborea, y nada más. El vasto mundo queda lejos de las papilas gustativas. Es más lo que nos perdemos que lo que saboreamos. 

Pero este limitado alcance de la acción se beneficia, entonces, con la sintaxis. Porque con el tiempo, el verbo evoluciona del sentido fisico, inmediato, a un sentido abstracto asociado al efecto placentero que, pacientemente, experimenta un sujeto. Ahora, el gusto no depende de mi sino del mundo: ya no saboreo, sino que experimento un efecto del mundo sobre mi. La sintaxis, poéticamente, vuelve objeto al sujeto y sujeto al objeto. Es que el uso generalizado del verbo “gustar" indica que el SUJETO de la oración es el OBJETO (persona, paisaje, instante, comida, música) que causa el placer en el SUJETO sintiente que, en la oración, es OBJETO indirecto (representado por el pronombre "me"), por ejemplo:

[Me gusta el mate]. 

En esta oración "el mate” (el objeto del mundo) es el SUJETO de la oración, y "me” (yo en el mundo) es el OBJETO paciente, pasivo que experimenta el placer, el gusto. La sintaxis, entonces, inventa poéticamente otro sentido del gusto. No es una acción de la voluntad subjetiva, sino un efecto del mundo (lugares, cosas , personas) sobre mi percepción.


El gusto es pura escritura

El lugar común "sobre gustos no hay nada escrito” es, por lo menos, una ceguera: en realidad el gusto es la escritura del mundo sobre nuestra percepción, el gusto es pura escritura. Nuestra percepción es una especie de hoja en blanco sobre la que el mundo va escribiendo aquello que nos gusta

El gusto no es una acción individual, es el producto de la interacción del sujeto con el mundo que lo rodea. El sujeto inmerso en la historia, eso es el gusto. Por eso, cuando pienso en mi gusto por el mate o la literatura, no hablo de mí sino de las personas, lugares, escenas que, de alguna manera, me transformaron. Hablo de una historia posible, la mia, que se construye con otros. 

Sostener que el gusto es individual es desconocer, ocultar o negar la historia. Y es, en última instancia, agramatical. O como decia un viejo profesor de lingüística de la Uni, “no es aceptable". 

Hablar del gusto como un acto de la voluntad que, a esta altura, la misma lengua impide, quizas sea la forma de hacernos creer que lo que somos no tiene nada que ver con los lugares, objetos, ideas, palabras o personas con las que vivimos. Vaya a saber a quién le interesaria desconectarnos de nuestra propia historia. 

En " Zambita de piel morena”, de Guaraní, hay una frase que siempre me gustó (vale decir, me afectó sin que yo elija): “gime el parche, la comparsa clava en tu piel mil puñales". Esa metáfora del ritmo clavándose en el cuerpo es impresionante, impresiona, deja marca, huella, en quien la lee. El gusto, quizas, opere de la misma forma. El mundo nos va clavando en la percepción mil puñales cuya huella llamamos gusto. Nos quedan las cicatrices, las marcas, ese mundo que nos impresiona esta ausente, su huella no. O al revés, está tan presente que lo borramos de la percepción y llamamos gusto a la cicatriz de nuestra historia.