2 mar. 2016

“El viento viene, el viento se va”, o el punk del altiplano.

Se sabe: Manu Chao tiene una larga trayectoria como músico, fortalecida en estos últimos diez años por su tarea de trovador. Guitarra y voz, más un mensaje sostenido por la crítica social forjaron el camino,  digamos, latinoamericanista, del artista franco –hispano. Aunque si bien es este costado el que más ha calado por estos lares, hay que recordar que su Mano Negra, ya había incursionado en la reivindicación de temas y ritmos tradicionales de la Europa peninsular, y en aquellos no tanto, mixturando rumbas con punkrock.
Su visita a Comodoro fue la oportunidad para que muchos seguidores veamos por primera vez eso que ya sabíamos por relatos de otros: la energía en vivo, el compromiso social, la heterogeneidad de su repertorio, la justeza de sus arreglos instrumentales, la sensibilidad y la fiesta. Lo dicho por tantos, vivido por algunos, ahora nos tocó a nosotros.
Más de 7 mil personas asistieron a ese Predio Ferial que no se llena nunca, aunque dicen que hace un tiempo una banda local logró la epopeya de tocar a sala completa allí. Más de tres horas de recital para algunos, aquellos que pudieron aguantar la intensidad de la seguidilla de canciones sólo interrumpidas por la participación de un grupo de militantes que se expresaron en contra de la megaminería.
Es el reggae y el ska la base sonora de la banda. Una especie de carretera rítmica construida bajo las normas tradicionales de esos dos estilos,  sin baches ni lomos de burro,  con la suficiente consistencia para soportar los berrinches punk que transitan, unos tras otros, sin colisiones. Y es entonces, cuando ese sostén de trova de fogón, con reminiscencias pero sin énfasis en lo folclórico,  es tomado por asalto por los raudos sonidos distorsionados que circulan en esa ruta como encloquecidos conductores.
Mad Max de los sonidos, la banda de Manu Chao no pasea, como una familia de turistas mirando el paisaje, sino que avanza veloz, potente, deseando casi patológicamente el riesgo de las curvas y retomes para empezar una nueva canción sin aún desacelerar de la anterior. En Mad Max, la estrategia es la colisión, la metodología la persecución. En eso se parecen: Manu Chao es un permanente “a punto de colisionar” que lleva las pulsaciones a una velocidad de adrenalina. De hecho, es el ritmo que parece perseguir, el de la intensidad constante: golpes con el micrófono al corazón, no para reproducirlo sino para interpelarlo a acelerarse.
El punk, velocidad y simpleza mediante, es el producto final. Dirán que el punk es otra cosa, más guitarra, menos despliegue escénico, descomprometido. Pero es innegable, en principio, que en la familia de la repetición rítmica  de acordes más o menos rápidos, más o menos espaciados,  conviven el reggae, el ska y el punk.
En el recital de Manu Chao, el punk estaba ahí: en la entrega del cantante, en la violencia de la guitarra, en el intercalado y monótono golpe de platillos y tambores. El resto de los instrumentos, el bajo y los vientos, son el anclaje en aquellos ritmos folclóricos que ofician, precisamente, de base.
“El viento viene,  el viento se va, por la carretera” acaso pueda ser leído como el arte poética de esta banda de forajidos que transitan, como los de Mad Max, en caminos de infinita tristeza, por inacabados, por recorridos y, paradójicamente, por solitarios.
Pocas bandas no catalogadas como punk, realiza el punk como Manu Chao en un sólo track de canciones semejantes a un tren que vemos pasar temerosos y al cual nos trepamos, durante más de tres horas, para circular por el infinito a una velocidad de pulsaciones inéditas para el trajín normal del ser humano.
Habrá una tradición punk en que no figurará jamás Manu Chao, pero habrá otra tradición en que la trova viaja a altas velocidades siempre a punto de chocar llevándose todo puesto y disputándole a la naturaleza el ritmo cardíaco, y ahí sí encontraremos a este músico inaudito, a este punk del altiplano. 



Manu Chao, Predio Ferial Comodoro Rivadavia, Chubut, 29/2/2016.
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